domingo, 16 de agosto de 2015

Toros

A don Juan no le gustan los toros. Come, en cambio —no sin rubor—, huevos fritos, embutidos, filetes de ternera, pescados salvajes o de criadero; desayuna café con leche; lleva cinturones y zapatos de cuero; se beneficia de potingues probados en cobayas u otros pobres bichos inocentes…
—No veo la relación —apunta alguien.
Don Juan frunce los labios, atónito porque no se haya captado la sutil ironía que —a su juicio— brota obvia de la polisemia de gustar y su proximidad a comer. Más le incomoda que tampoco hayamos reparado en las sevicias incontables que los seres humanos infligimos a los animales desde hace diez o doce mil años, pero sobre todo ahora. Resignado, don Juan una vez más se arma de paciencia:
—Los pollos y las gallinas ponedoras; los cerdos, vacas y terneros de granja; los animales de laboratorio; numerosas mascotas cuyos dueños consideran juguetes… llevan una existencia miserable desde el nacimiento hasta la muerte. El tormento de los toros en la plaza dura un cuarto de hora —si no los afeitan, drogan o desloman antes de la corrida, eso sí—; el de sus parientes estabulados, toda la vida.
—No lo había pensado —dice el mismo.
—Casi nadie lo piensa, pero en muchos casos es ceguera voluntaria: ¿quién se va a acordar del pobre pato cuando degusta —no come: ¡degusta! delicatesen de foie en un restaurante de campanillas?
No sabemos qué replicar.
—Ahora bien —prosigue don Juan en tono serio—, una cosa no disculpa ni redime a la otra. Las corridas de toros suman un agravante de refinamiento que —a algunos, por lo menos— nos las hace especialmente odiosas. Criar y matar cerdos a lo bestia o exprimir a las desgraciadas gallinas para que pongan huevos incesantemente no está bien, pero se justificaría —quizá— por utilidad alimentaria. ¿Cómo se justifican las corridas de toros?
Esta pregunta no es retórica.
—Usted dirá.
—Los partidarios suelen dar dos argumentos: la tradición y el arte. Lo de la tradición es muy endeble; tradiciones más arraigadas —vivir en casas sin cuarto de baño, casarse por la Iglesia, practicar el canibalismo, discriminar a las mujeres, respetar a los viejos, fumar en los bares…— se han ido desechando por obsoletas o inmorales a medida que progresaba la humanidad: ¿por qué esta tendría que ser inconmovible?
Esta pregunta sí es retórica. Prosigue:
—En cuanto al arte, habría que distinguir entre el que pueda habitar en la propia corrida de toros y el que se ha creado a partir de las corridas de toros. El segundo no es discutible: ahí están Goya o Picasso, por ejemplo, para demostrarlo; pero también la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo ha dado pie a obras de arte formidables y no creo que nadie en estos tiempos sea partidario de incluir crucifixiones en los programas de festejos.
—Quién sabe —murmuro.
Don Juan no hace caso. Continúa:
—Del primero, en cambio, habría que hablar más. Estamos de acuerdo en que los toros son un espectáculo, como las luchas de gladiadores, las peleas de gallos o el fútbol —de hecho, las reacciones del público en los diversos lances son muy parecidas—, pero de ahí al arte hay un buen trecho: el que va del mero entretenimiento, más o menos civilizado, a la sacudida interior que nos despierta, nos emociona y nos transforma. En los toros, si hay arte, consiste apenas en la habilidad para esquivar las cornadas. Y, en todo caso, aunque las corridas de toros fueran sublimes obras de arte, ¿merecerían la pena a costa del sufrimiento animal? ¿No se podrían sustituir por el toreo de salón? ¿No se podrían crear reses robóticas hábilmente programadas para la fiesta? Nuestros científicos tienen ahí un buen campo.
Me olvido de la sorna y de alguna que otra boutade. Pregunto:
—Entonces, ¿es usted partidario de prohibir las corridas de toros?
—No. Por tres razones: la primera, porque respeto muchísimo la libertad de los demás y no estoy casi nunca seguro de llevar razón; la segunda, porque prohibir los toros debería suponer simultáneamente la prohibición de cualquier otra forma de maltrato animal: ¿sobreviviría este mundo nuestro sin el sufrimiento de los animales?; y la tercera, porque los toros desaparecerán inexorablemente a no tardar.
—¿Por qué?
—El progreso moral de la sociedad terminaría por arrinconar las corridas en un tiempo más o menos largo. Pero no lo veremos: mucho antes, los mismos taurinos con sus trapacerías y zafiedades ahuyentarán al público: ¿cuántos jóvenes aficionados a los toros conocen ustedes?
—¿Y qué opina de los toros en Almagro?
—Que los toros los debe pagar quien quiera verlos. Si la plaza de Almagro es incapaz de costear una corrida, ¿qué le vamos a hacer? El dinero público está para otras cosas.