domingo, 2 de agosto de 2015

Navaltizón

Le preguntan a don Juan por Navaltizón. Él es hombre discreto que huye de la notoriedad como de la peste, de modo que no suele dar detalles personales. A mí mismo, después de años viéndonos a menudo y de muchos vinos, copas y conversaciones, me costaría narrar su historia familiar. Hoy, por segunda vez, me ha invitado a la finca. Acudo con mi mujer y el matrimonio amigo que nos acompañó el otro día al teatro. Aunque las indicaciones de don Juan son precisas —y hasta prolijas—, me cuesta dar con ella: Navaltizón no está en los mapas, mi coche no tiene GPS; en los caminos por los que vamos, una vez abandonado el carreterín de Herrera a La Solana, tampoco nos serviría de mucho. Pero llego a la puerta, un arco de piedra tosca encalada, con un almendro a cada lado y un azulejo de Talavera en la clave: Nava del Tizón pone. Hay una cadena tendida que impide el paso; la descolgamos y, medio kilómetro después, estamos en la casa. Don Juan nos espera en la puerta, como si hubiera temido que nos perdiéramos. Saluda ceremoniosamente a las señoras y nos lleva adentro. En realidad, pasamos a un corral empedrado que tiene porches laterales en los que hay trebejos agrícolas, un tractor y un remolque, y el Mercedes señorial, extraño como un millonario entre gañanes. Al fondo está la casa, deslumbrante de cal. De dos plantas, no es grande ni ostentosa; a los lados también hay porches: la casa de un mediano propietario agrícola que ordenaba y vigilaba personalmente las tareas —del cereal, de la uva, de la aceituna, de las ovejas…—; que tenía un buen pasar, pero que no soñaba con parecerse a los ricachos de las fincas vecinas, ya en término de Argamasilla o de Alhambra. Lo único llamativo son los torreones en las esquinas de la entrada al corral, que servirían —tal vez— de palomares. Mientras nos enseña la casa, don Juan nos va contando:
Cuando acabé la carrera, hice la mili en Campamento; luego aprobé las oposiciones a profesor de bachillerato. El primer destino lo tuve en Valdepeñas, en el Bernardo de Balbuena. Precisamente, sobre Bernardo de Balbuena fue también el primer trabajo científico que me publicaron: un artículo acerca de ciertas peculiaridades métricas de la Grandeza mexicana. Y en Valdepeñas conocí a la que sería mi mujer. Ella era maestra, hija de un notario de Manzanares. De mi suegro el notario me han quedado dos cosas: una estilográfica Montblanc, gorda y solemne como un canónigo, que todavía uso, y esta finca. La tengo en usufructo, pero no se la dejaré a mi hija hasta que me muera, no sea que sucumba a la tentación de deshacerse de ella.
En la planta baja de la casa, a la derecha del portalón, está la vivienda de los caseros: a la izquierda hay una cocina enorme, con chimenea, que hace ahora de salón y comedor; y en la planta de arriba tiene don Juan la biblioteca, una habitación grande, de techos altos, con un balcón que da al corral y una ventana a la era; don Juan usa una mesa de trabajo basta y fuerte, quizá de las matanzas, en la que, como el Mercedes junto al tractor, no encaja bien el ordenador portátil, de los más caros. Una puertecilla de cuarterones lleva de la biblioteca al dormitorio, espartano, y al cuarto de baño, minúsculo y pulquérrimo. Don Juan vive aquí como un cartujo.
En la cocina, con las ventanas entrecerradas, tomamos el martini y comemos opíparamente, sin notar el calor que afuera inflama el brocal del pozo y los guijos que empiedran el patio. Nos sirve café y copa —de Peinado 20 años: el de 100 lo deja para las grandes ocasiones—; hablamos. Las señoras le preguntan por su mujer.
Luego hice el doctorado —don Juan se escabulle—; me ofrecieron quedarme en la universidad; nos fuimos a Madrid. Mi mujer murió con cincuenta y cinco años.
Yo miro por la ventana y comento algo de la alberca y del nogal, de la era ya inútil… Don Juan, espantado el conato de melancolía, prosigue:
No he vivido mal. Los viudos, si ponemos interés, acabamos apañándonos.
En la penumbra del fondo, sobre un aparador conventual en el que hay platos de loza antigua, adivino una foto de mujer. Me acerco como si nada. Parece la hija de don Juan. Pero no: viste a la moda de hace cuarenta años.