jueves, 23 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: 'Walden'

Walden
Henry David Thoreau
Cátedra
Madrid, 2009



No sé yo si el verano es estación propicia para el disfrute de la naturaleza. En otras partes seguramente sí, pero en estas tierras y en estas fechas solo están en la naturaleza los que no tienen otro remedio, los que se ganan el pan en ella —y los que, por algún misterioso extravío, alfombran las playas—. Aun así, don Juan nos dijo el otro día que este verano leeríamos libros sobre la naturaleza —lo cual quizá sea un buen pretexto para no tener que sumergirse en ella— y hoy cumple con un clásico: el Walden de Thoreau.
Aunque parezca mentira, la naturaleza aparece muy tarde en la literatura. Con algunas excepciones, que en realidad tienen otros propósitos, la naturaleza literaria es un mero decorado convencional hasta hace bien poco. En Thoreau, no; en Thoreau la naturaleza es verdadera y sin artificios; y la relación del hombre con ella, cordial, respetuosa e igualitaria.
Thoreau es un norteamericano que vivió entre 1817 y 1862, es decir, estrictamente coetáneo de Zorrilla. Si se comparan las obras de uno y otro, Thoreau nos parece contemporáneo y Zorrilla rancio y apolillado. ¿Por qué? Precisamente por la actitud de Thoreau ante la naturaleza.
El día 4 de julio de 1845, Thoreau se fue a vivir a una cabaña que se había hecho él mismo en un paraje llamado Walden. Estuvo allí dos años, viviendo de lo que cultivaba, pescando y cazando, calentándose con la leña que cortaba, haciéndoselo todo y llevando la cuenta de todo. Este libro narra la experiencia: lo que invierte en cultivar judías y los beneficios que saca, pero también los poemas que recuerda y compone, las meditaciones y descubrimientos, la investigación sobre sí mismo como fruto, a la vez, de la naturaleza y de la cultura.
Y el libro —que cuesta menos de quince euros en esta meritoria colección— es una conversación con el lector, sin énfasis ninguno, como si nos conociéramos de toda la vida y habláramos de lo que de verdad nos interesa mientras paseamos hacia la laguna o nos calentamos junto al fuego. Una pequeña hermosura.