jueves, 2 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: 'Soledades'

Soledades
Luis de Góngora
Clásicos Castalia
Madrid, 1994



Hay opiniones variadas, pero don Juan considera que el poeta por antonomasia de nuestra lengua es Luis de Góngora. No quiere decir con eso que sea el mejor —cosa harto difícil de elucidar—, sino que es el que tuvo idea más clara de su condición y de las exigencias que ello conllevaba; a otros los versos se les caen de las manos casi sin darse cuenta: él trabaja la inspiración con el mismo esmero que Spinoza ponía en pulir lentes, y el resultado es un puñado de piezas de orfebrería que pocos han logrado igualar.
El empeño de Góngora por elevarse Como un neblí que deja el puño duro para buscar las nubes / Traslúcidas de oro allá en el cielo alto— sobre la lengua común hasta lograr una lengua propia en la que nada hay de rutinario ni de banal y en donde las palabras y su disposición logran la máxima tensión expresiva es formidable. Y, como ocurre tantas veces, incomprendido: tres siglos tuvieron que pasar hasta que se reconociera plenamente la hazaña del poeta cordobés.
Desde hace más de cuarenta años, don Juan empieza el verano leyendo el Polifemo y las Soledades, y tiene los dos a mano el resto del año para abrirlos de vez en cuando al tuntún y darse un festín. Ayer empezó la nueva lectura de las Soledades, que casi se sabe de memoria. Es un libro difícil —hay que reconocerlo—, pero esta edición facilita mucho las cosas, y además es barata. Atrévanse.
Aquí va el comienzo en que, en plena primavera, un joven desdeñado y alejado de su amada llora las penas y consigue que el mar se compadezca de él y se calme:

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
(media luna las armas de su frente, 
y el Sol todos los rayos de su pelo), 
luciente honor del cielo, 
en campos de zafiro pace estrellas, 
cuando el que ministrar podía la copa 
a Júpiter mejor que el garzón de Ida, 
náufrago y desdeñado, sobre ausente, 
lagrimosas de amor dulces querellas 
da al mar, que condolido, 
fue a las ondas, fue al viento 
el mísero gemido, 
segundo de Arïón dulce instrumento.