jueves, 16 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: Neruda

Antología general
Pablo Neruda
Real Academia Española y
Asociación de Academias de la Lengua Española
Madrid, 2010




El domingo pasado, 12 de julio, se cumplieron ciento catorce años del nacimiento de Pablo Neruda. Sin caer en exageraciones como las de Harold Bloom, García Maŕquez y otros, no cabe dudar de que Neruda es uno de los grandes poetas del siglo XX, y está entre los más leídos e influyentes. Es más: aunque parece que el prestigio nerudiano ha menguado algo, todavía hoy es junto a García Lorca el poeta que más se lee —o, por lo menos, el que más se vende— de todos los poetas que han escrito en nuestra lengua; alguno de sus libros —Veinte poemas de amor y una canción desesperada, sobre todo— es constantemente un éxito de ventas.
Neruda es un poeta inmenso —en el sentido literal del término— e inabarcable, de obra extensísima y proliferante a la que le cuadran bien ciertos adjetivos que se han usado a menudo para calificarla, como selvática o torrencial. Y torrencial es también la lengua que utiliza: acumulativa, ampulosa, sonora, intrincada, abundante de lujosas metáforas, seductora... y no siempre significativa.
Es también un poeta de su tiempo, contradictorio y capaz de ascender a lo sublime y de bajar al cieno, en cuya obra está el siglo XX en carne viva.
Don Juan vuelve de vez en cuando a Neruda, pero en picoteo: ya no es capaz de tragarse un libro entero —tal vez por no llevarse el chasco de topar con alguno de los muchos poemas malos que escribió—, salvo las dos primeras Residencias. Por eso tiene a mano esta antología, amplia y bien recolectada, y la hojea de vez en cuando; además, los textos que la acompañan son muy interesantes, y los índices hacen fácil la consulta. Y es barata.
Lean a Neruda y no se dejen enredar por él. 
Ahí va un  poema no muy conocido de los últimos años, incluido en el libro Geografía infructuosa (1972):


EL CAMPANARIO DE AUTHENAY

Contra la claridad de la pradera
un campanario negro.

Salta desde la iglesia triangular:
pizarra y simetría.

Mínima iglesia en la suave extensión
como para que rece una paloma.

La pura voluntad de un campanario
contra el cielo de invierno.

La rectitud divina de la flecha
dura como una espada

con el metal de un gallo tempestuoso
volando en la veleta.

(No la nostalgia, es el orgullo
nuestro vestido pasajero

y el follaje que nos cubría
cae a los pies del campanario.

Este orden puro que se eleva
sostiene su sistema gris

en el desnudo poderío
de la estación color de lluvia.

Aquí el hombre estuvo y se fue:
dejó su deber en la altura,

y regresó a los elementos,
al agua de la geografía.

Así pude ser y no pude,
así no aprendí mis deberes:

me quedé donde todo el mundo
mirara mis manos vacías:

las construcciones que no hice:
mi corazón, deshabitado:

mientras oscuras herramientas,
brazos grises, manos oscuras

levantaban la rectitud
de un campanario y de una flecha.

Ay lo que traje yo a la tierra
lo dispersé sin fundamento,

no levanté sino las nubes
y solo anduve con el humo

sin saber que de piedra oscura
se levantaba la pureza

en anteriores territorios,
en el invierno indiferente).

Oh asombro vertical en la pradera
húmeda y extendida:

una delgada dirección de aguja
exacta, sobre el cielo.

Cuántas veces de todo aquel paisaje,
árboles y terrones

en la infinita estrella horizontal
de la terrestre Normandía,

por nieve o lluvia o corazón cansado,
de tanto ir y venir por el mundo,

se quedaron mis ojos amarrados
al campanario de Authenay,

a la estructura de la voluntad
sobre los dominios dispersos

de la tierra que no tiene palabras
y de mi propia vida.

En la interrogación de la pradera
y mis atónitos, dolores

una presencia inmóvil rodeada
por la pradera y el silencio:

la flecha de una pobre torre oscura
sosteniendo un gallo en el cielo.