domingo, 26 de julio de 2015

Calor

Don Juan ha estado aquí toda la semana: había algunas cosas que no quería perderse y, por no ir y venir a Navaltizón, se ha acomodado en casa de la hija. La convivencia familiar, tan grata en pequeñas dosis, puede ser peligrosa si se practica de forma continuada: a él se le está haciendo extenuante. A mí también. Pocas cosas hay que me gusten tanto como las largas conversaciones con don Juan, paseadas por el pueblo o por el campo, sin prisa ninguna, o entreveradas de vino en las barras de los bares, de martini en las terrazas meridianas, o de coñá y whisky en tranquilas cafeterías silenciosas y frescas como templos. Sin embargo, esta semana infernal se está pareciendo desmoralizadoramente al Tour de Francia. Y los ciclistas somos nosotros: estamos deseando que se acabe. No porque la conversación enfade, sino porque mantenerla viva en el Almagro inhóspito de mediados de julio es una subida al Tourmalet: no hay tregua en la carrera por bares atestados, caros y mal servidos, terrazas en las que los tuaregs se rendirían y aires acondicionados que te apedrean la cabeza con bloques de hielo. Don Juan añora Navaltizón, y yo la soledad oscura de mi casa en la que mi mujer y yo somos fantasmas aletargados en la penumbra de las habitaciones.
Si el amor o la amistad resisten un verano como este, son eternos —dice don Juan melancólico.
La nuestra pienso para míresistirá; el amor paterno-filial de don Juan y su hija, no estoy seguro.
Empezamos la semana con el Quijote. Don Juan ama el Quijote por encima de cualquier otro libro; por lo tanto, las trivializaciones bobas y los guiños pueriles al público que el público rio de buena gana no le hacen ninguna gracia. Salió mustio del Hospital y se fue enseguida a casa, sin copa ni comentario.
Vino luego El Brujo.
Del Brujo, como de Joaquín Sabina con quien probablemente comparte seguidores, ya lo hemos visto todo. Y, cuando digo todo, incluyo los espectáculos que vaya a producir hasta que se retire: también los hemos visto. El Brujo es ya una caricatura de sí mismo.
Si ha encontrado un filón, ¿por qué lo tendría que abandonar?
Porque presume de artista, no de minero cierra lapidario don Juan.
El Tenorio fue otra cosa. Pese al efectismo algo tramposo y a la farfolla verbal, el texto de Zorrilla es un formidable artefacto literario que cierra con maestría la tradición europea de donjuanes: el arquetipo halla aquí el molde definitivo. Mayorga y Portillo, además, nos lo presentan en crudo, libre de los excipientes con que se suele administrar.
Ahora bien don Juan alza el dedo, tampoco es preciso ufanarse de descubrir Mediterráneos.
¿Qué quiere decir, don Juan?
Que el mensaje ya nos lo sabíamos y que cambiar la capa por la chupa y la espada por la pistola no es demasiado.
El mismo día del Tenorio fuimos también al homenaje que le hicieron a Vicente Fuentes. A don Juan, que es filólogo, no le gusta demasiado el teatro eso ya lo sabemos por lo que tiene de ruido sin nueces, de liturgia burguesa donde importa tanto ser visto como ver, de mero cascabeleo visual en que la tramoya alcanza a veces una importancia desmesurada... de ahí su aprecio por los profesionales que lo entienden sobre todo como palabra dicha. Fuentes es uno de ellos, y de los más capacitados. Su magisterio en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, los trabajos de investigación, los libros, los cursos y talleres han formado a muchos actores en un arte imprescindible y, paradójicamente, no siempre valorado: la dicción del verso. El teatro clásico el español, el inglés, el francés, el portugués... es teatro en verso. Los espectadores y los cómicos de hace siglos lo aceptaban y lo entendían sin dificultad; ahora a saber por qué para muchos es un obstáculo tremendo. Pues bien, gracias a Fuentes, bastantes actores de hoy dicen el verso como deben. Y eso cuando tantos ni siquiera vocalizan bien textos deleznables de series viles justifica el homenaje.
—Ojalá la simiente fructifique —desea don Juan.
Y esta misma mañana, sin martini y sin quedarse a comer con la hija y los nietos, se ha ido a Navaltizón: como si se escapara de la cárcel o del infierno. ¿Cuándo volverá?

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