jueves, 30 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: Julián Herbert

La resistencia
Julián Herbert
Vaso Roto Ediciones
Madrid / México, 2015


El otro día, Héctor Abad Fanciolince comentaba en Babelia el descubrimiento casual de Margarit y la fascinación que le produjo. Extrañó a muchos que Fanciolince desconociera a Margarit. A don Juan no le extrañó nada. Las poesías en español de las dos orillas del Atlántico viven habitualmente de espaldas. Probablemente los poetas —que tienden a agruparse en sectas— conozcan a sus correligionarios, pero el público en general —con serias dificultades para conocer a sus poetas compatriotas— sabe bien poco de los de otros países. ¿Cuántos españoles han leído, por ejemplo a Julián Herbert?
Y, sin embargo, merece la pena. Herbert, que nació en Acapulco en 1971, es conocido en España como novelista porque ganó en 2011 el Premio Jaén con una novela tremenda: Canción de tumba (Literatura Random House, 18 €). Como poeta lo es menos.
Este libro, recién publicado por Vaso Roto —una benemérita editorial que publica muy buenos libros, tanto por el contenido como por el continente, y que está empeñada en romper la incomunicación entre las poesías en español— puede contribuir a consagrarlo entre nosotros.
Apoyándose en la Biblia y en autores romanos,  griegos y anglosajones, Herbert nos golpea con historias de hoy, muy bellamente dichas, que responden al título: la resistencia como virtud de los marginales, los exiliados, los golpeados por fuerzas superiores.
Léanlo: solo cuesta catorce euros.
Ahí va un breve aperitivo:

Ovidio: Ars amandi
A Venus, lítica, y al dios de los misiles,
que enhebrados diseñan los aromas del mundo
—secreciones, carroña— plego humilde
por volver (Oh Corinna, bailarina
de twist) a la blancura
de tu cuerpo cubierto de yogurt.

Tu cuerpo joya ciega, Niké de Samotracia,
gota de cera entre los muslos, pensamiento
palpable como el vino a través de los cántaros.
Mi único destierro
                     es no yacer en ti.

domingo, 26 de julio de 2015

Calor

Don Juan ha estado aquí toda la semana: había algunas cosas que no quería perderse y, por no ir y venir a Navaltizón, se ha acomodado en casa de la hija. La convivencia familiar, tan grata en pequeñas dosis, puede ser peligrosa si se practica de forma continuada: a él se le está haciendo extenuante. A mí también. Pocas cosas hay que me gusten tanto como las largas conversaciones con don Juan, paseadas por el pueblo o por el campo, sin prisa ninguna, o entreveradas de vino en las barras de los bares, de martini en las terrazas meridianas, o de coñá y whisky en tranquilas cafeterías silenciosas y frescas como templos. Sin embargo, esta semana infernal se está pareciendo desmoralizadoramente al tour de Francia. Y los ciclistas somos nosotros: estamos deseando que se acabe. No porque la conversación nos canse, sino porque mantenerla viva en el Almagro inhóspito de mediados de julio es una subida al Tourmalet: no hay tregua en la carrera por bares atestados, caros y mal servidos, terrazas en las que los tuaregs se rendirían y aires acondicionados que te apedrean la cabeza con bloques de hielo. Don Juan añora Navaltizón, y yo la soledad oscura de mi casa en la que mi mujer y yo somos fantasmas aletargados en la penumbra de las habitaciones.
Si el amor o la amistad resisten un verano como este, son eternos —dice don Juan melancólico.
La nuestra pienso para míresistirá; el amor paterno-filial de don Juan y su hija, no estoy seguro.
Empezamos la semana con el Quijote. Don Juan ama el Quijote por encima de cualquier otro libro ¿menos alguno de la Biblia, quizá?; por lo tanto, las trivializaciones bobas y los guiños pueriles al público que el público rio de buena gana no le hacen ninguna gracia. Salió mustio del Hospital y se fue enseguida a casa, sin copa ni comentario.
Vino luego El Brujo.
Del Brujo, como de Joaquín Sabina con quien probablemente comparte seguidores, ya lo hemos visto todo. Y, cuando digo todo, incluyo los espectáculos que vaya a producir hasta que se retire: también los hemos visto. El Brujo es ya una caricatura de sí mismo.
Si ha encontrado un filón, ¿por qué lo tendría que abandonar?
Porque presume de artista, no de minero cierra lapidario don Juan.
El Tenorio fue otra cosa. Pese al efectismo algo tramposo y a la farfolla verbal, el texto de Zorrilla es un formidable artefacto literario que cierra con maestría la tradición europea de donjuanes: el arquetipo halla aquí el molde definitivo. Mayorga y Portillo, además, nos lo presentan en crudo, libre de los excipientes con que se suele administrar.
Ahora bien don Juan alza el dedo, tampoco es preciso ufanarse de descubrir Mediterráneos.
¿Qué quiere decir, don Juan?
Que el mensaje ya nos lo sabíamos y que cambiar la capa por la chupa y la espada por la pistola no es demasiado.
El mismo día del Tenorio fuimos también al homenaje que le hicieron a Vicente Fuentes. A don Juan, que es filólogo, no le gusta demasiado el teatro eso ya lo sabemos por lo que tiene de ruido sin nueces, de liturgia burguesa donde importa tanto ser visto como ver, de mero cascabeleo visual en que la tramoya alcanza a veces una importancia desmesurada... de ahí su aprecio por los profesionales que lo entienden sobre todo como palabra dicha. Fuentes es uno de ellos, y de los más capacitados. Su magisterio en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, los trabajos de investigación, los libros, los cursos y talleres han formado a muchos actores en un arte imprescindible y, paradójicamente, no siempre valorado: la dicción del verso. El teatro clásico el español, el inglés, el francés, el portugués... es teatro en verso. Los espectadores y los cómicos de hace siglos lo aceptaban y lo entendían sin dificultad; ahora a saber por qué para muchos es un obstáculo tremendo. Pues bien, gracias a Fuentes, bastantes actores de hoy dicen el verso como deben. Y eso cuando tantos ni siquiera vocalizan bien textos deleznables de series viles justifica el homenaje.
—Ojalá la simiente fructifique —desea don Juan.
Y esta misma mañana, sin martini y sin quedarse a comer con la hija y los nietos, se ha ido a Navaltizón: como si se escapara de la cárcel o del infierno. ¿Cuándo volverá?

jueves, 23 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: 'Walden'

Walden
Henry David Thoreau
Cátedra
Madrid, 2009



No sé yo si el verano es estación propicia para el disfrute de la naturaleza. En otras partes seguramente sí, pero en estas tierras y en estas fechas solo están en la naturaleza los que no tienen otro remedio, los que se ganan el pan en ella —y los que, por algún misterioso extravío, alfombran las playas—. Aun así, don Juan nos dijo el otro día que este verano leeríamos libros sobre la naturaleza —lo cual quizá sea un buen pretexto para no tener que sumergirse en ella— y hoy cumple con un clásico: el Walden de Thoreau.
Aunque parezca mentira, la naturaleza aparece muy tarde en la literatura. Con algunas excepciones, que en realidad tienen otros propósitos, la naturaleza literaria es un mero decorado convencional hasta hace bien poco. En Thoreau, no; en Thoreau la naturaleza es verdadera y sin artificios; y la relación del hombre con ella, cordial, respetuosa e igualitaria.
Thoreau es un norteamericano que vivió entre 1817 y 1862, es decir, estrictamente coetáneo de Zorrilla. Si se comparan las obras de uno y otro, Thoreau nos parece contemporáneo y Zorrilla rancio y apolillado. ¿Por qué? Precisamente por la actitud de Thoreau ante la naturaleza.
El día 4 de julio de 1845, Thoreau se fue a vivir a una cabaña que se había hecho él mismo en un paraje llamado Walden. Estuvo allí dos años, viviendo de lo que cultivaba, pescando y cazando, calentándose con la leña que cortaba, haciéndoselo todo y llevando la cuenta de todo. Este libro narra la experiencia: lo que invierte en cultivar judías y los beneficios que saca, pero también los poemas que recuerda y compone, las meditaciones y descubrimientos, la investigación sobre sí mismo como fruto, a la vez, de la naturaleza y de la cultura.
Y el libro —que cuesta menos de quince euros en esta meritoria colección— es una conversación con el lector, sin énfasis ninguno, como si nos conociéramos de toda la vida y habláramos de lo que de verdad nos interesa mientras paseamos hacia la laguna o nos calentamos junto al fuego. Una pequeña hermosura.

domingo, 19 de julio de 2015

Marta la piadosa

Ayer sábado, 18 de julio (lagarto lagarto), don Juan, un matrimonio amigo, mi esposa y yo fuimos a ver Marta la piadosa en el “Espacio Narros”, es decir, en la plaza de Santo Domingo. A don Juan, que se fija en todo y a todo le saca punta, los nombres de los espacios del Festival y ciertos rasgos de su retórica no dejan de darle juego para algunas pullas sin mala intención. Por ejemplo, la Áurea, bonito acrónimo si no estuviera plagado de obviedades: renacentista, como si la hubiera barroca; de Almagro, como si cupieran dudas... o el aviso que dan antes de las funciones Apaguen sus teléfonos móviles...—, donde claramente rechinan el sus y el móviles. Pero no hablaremos de eso hoy ni de los textos de los programas, ampulosos e inanes. Otra vez será.
La representación, aunque sin llegar a la excelencia, estuvo bien: tal vez porque duró lo justo y se mantuvo en lo esencial. El lío de sillas y los tropezones de los actores quizá sobraran, lo mismo que la música de Semana Santa; pero se les perdona porque la noche era espléndida y uno podía mirar el espectáculo del cielo estrellado si quería olvidar lo que pasaba en la escena.
A las salida, mientras tomamos una copa en la plaza, don Juan comenta la obra: alaba las cualidades de Tirso como versificador y como creador de tipos femeninos; el sentido del humor, la habilidad para enredar y desenredar argumentos, y la desenvoltura, siendo fraile, en el trato atrevido de temas escabrosos.
Si bien se mira dice en conclusión, lo que acabamos de ver es un escándalo: Marta no duda en acometer un fingimiento irreverente para lograr sus propósitos amorosos y no recibe reproche ninguno; es más: se sale con la suya. Parece como si el fin justificara los medios.
Hombre, don Juan, se trata de una broma: el espectador lo sabe desde el principio.
Sí, claro. Pero es una broma católica. El catolicismo el catolicismo español, muy especialmente— no considera imprescindible acomodar los comportamientos a la fe: mientras se crean ciertas cosas y se cumplan ciertos ritos todo está permitido.
Generaliza usted, don Juan —dice el amigo, algo escamado.
Evidentemente. Y no quisiera herir susceptibilidades. Pero lo cierto es que en los últimos quinientos años se han producido dos revoluciones en Europa que a nosotros nos han afectado solo de refilón: la Reforma Protestante, que propugnaba una piedad interior poco amiga de exhibicionismos; y la Revolución Francesa, que ahondando en esa línea de la religión como asunto íntimo, trajo la separación de la Iglesia y el Estado.
Ambas produjeron mucho dolor —me atrevo a apuntar.
¿Quién lo duda? La primera, las guerras de religión y fanatismos de diverso tipo en los que no siempre los católicos se llevaron la palma; la segunda, innumerables muertes, tropelías, excesos y personajes repugnantes como el famoso Robespierre. Incluso muchas veces la religión era mero pretexto para otras cosas. Pero el balance de ambas es positivo. Ahora nos parece monstruoso que se pueda imponer la religión por la fuerza y, casi —por desgracia, todavía no sobra el casi— también, que el Estado se someta a los dictados de cualquier Iglesia. Sin embargo, quedan muchos lugares en el mundo donde siguen pasando ambas cosas: y no hay que irse a Irán o a Arabia Saudita; basta quedarse en Grecia o en Rusia. Incluso, de alguna manera, en la misma España.
En España, no —retruca el que antes se escamaba.
Confórmese usted con decir —replica don Juan— que en España menos que en otras partes. Desde luego, no parece probable que aquí se pueda producir algo parecido a lo que sucedió en Sbrenica hace veinte años donde serbios ortodoxos mataron sin ningún pudor a varios miles de bosniacos por el simple hecho de que eran musulmanes. Pero que los católicos españoles se ven a sí mismos como los españoles por antonomasia me parece indudable. Y, por ello, sin mala intención y sin darse cuenta, creen que están en el derecho de ocupar a su antojo los espacios públicos.
Se va haciendo tarde. Las copas están agotadas. Pagamos y nos vamos cada uno a nuestra casa. Viniendo a la mía, me acuerdo —no sé por qué— de que esta tarde estaban en la plaza vendiendo papeletas del coche de la Virgen. ¿Le habrán pedido permiso a alguien? ¿Habrán pensado en que, a lo mejor, la organización del Festival tiene acuerdos con otras marcas de automóviles para hacer propaganda? ¿Se les habrá ocurrido que, quizá, los visitantes extranjeros puedan sentir alguna extrañeza ante estas manifestaciones religiosas? Estoy seguro de que no, que lo hacen con la mejor intención.

jueves, 16 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: Neruda

Antología general
Pablo Neruda
Real Academia Española y
Asociación de Academias de la Lengua Española
Madrid, 2010




El domingo pasado, 12 de julio, se cumplieron ciento catorce años del nacimiento de Pablo Neruda. Sin caer en exageraciones como las de Harold Bloom, García Maŕquez y otros, no cabe dudar de que Neruda es uno de los grandes poetas del siglo XX, y está entre los más leídos e influyentes. Es más: aunque parece que el prestigio nerudiano ha menguado algo, todavía hoy es junto a García Lorca el poeta que más se lee —o, por lo menos, el que más se vende— de todos los poetas que han escrito en nuestra lengua; alguno de sus libros —Veinte poemas de amor y una canción desesperada, sobre todo— es constantemente un éxito de ventas.
Neruda es un poeta inmenso —en el sentido literal del término— e inabarcable, de obra extensísima y proliferante a la que le cuadran bien ciertos adjetivos que se han usado a menudo para calificarla, como selvática o torrencial. Y torrencial es también la lengua que utiliza: acumulativa, ampulosa, sonora, intrincada, abundante de lujosas metáforas, seductora... y no siempre significativa.
Es también un poeta de su tiempo, contradictorio y capaz de ascender a lo sublime y de bajar al cieno, en cuya obra está el siglo XX en carne viva.
Don Juan vuelve de vez en cuando a Neruda, pero en picoteo: ya no es capaz de tragarse un libro entero —tal vez por no llevarse el chasco de topar con alguno de los muchos poemas malos que escribió—, salvo las dos primeras Residencias. Por eso tiene a mano esta antología, amplia y bien recolectada, y la hojea de vez en cuando; además, los textos que la acompañan son muy interesantes, y los índices hacen fácil la consulta. Y es barata.
Lean a Neruda y no se dejen enredar por él. 
Ahí va un  poema no muy conocido de los últimos años, incluido en el libro Geografía infructuosa (1972):


EL CAMPANARIO DE AUTHENAY

Contra la claridad de la pradera
un campanario negro.

Salta desde la iglesia triangular:
pizarra y simetría.

Mínima iglesia en la suave extensión
como para que rece una paloma.

La pura voluntad de un campanario
contra el cielo de invierno.

La rectitud divina de la flecha
dura como una espada

con el metal de un gallo tempestuoso
volando en la veleta.

(No la nostalgia, es el orgullo
nuestro vestido pasajero

y el follaje que nos cubría
cae a los pies del campanario.

Este orden puro que se eleva
sostiene su sistema gris

en el desnudo poderío
de la estación color de lluvia.

Aquí el hombre estuvo y se fue:
dejó su deber en la altura,

y regresó a los elementos,
al agua de la geografía.

Así pude ser y no pude,
así no aprendí mis deberes:

me quedé donde todo el mundo
mirara mis manos vacías:

las construcciones que no hice:
mi corazón, deshabitado:

mientras oscuras herramientas,
brazos grises, manos oscuras

levantaban la rectitud
de un campanario y de una flecha.

Ay lo que traje yo a la tierra
lo dispersé sin fundamento,

no levanté sino las nubes
y solo anduve con el humo

sin saber que de piedra oscura
se levantaba la pureza

en anteriores territorios,
en el invierno indiferente).

Oh asombro vertical en la pradera
húmeda y extendida:

una delgada dirección de aguja
exacta, sobre el cielo.

Cuántas veces de todo aquel paisaje,
árboles y terrones

en la infinita estrella horizontal
de la terrestre Normandía,

por nieve o lluvia o corazón cansado,
de tanto ir y venir por el mundo,

se quedaron mis ojos amarrados
al campanario de Authenay,

a la estructura de la voluntad
sobre los dominios dispersos

de la tierra que no tiene palabras
y de mi propia vida.

En la interrogación de la pradera
y mis atónitos, dolores

una presencia inmóvil rodeada
por la pradera y el silencio:

la flecha de una pobre torre oscura
sosteniendo un gallo en el cielo.

domingo, 12 de julio de 2015

14 de julio

Hoy es 12 de julio, domingo: ya lo sé. Pero el martes próximo será 14, el día de la fiesta nacional de Francia, en que se conmemora el comienzo oficial de la Revolución. Hace unos meses, en la Semana Santa, don Juan dijo que a él le gustaría vivir en un estado laico de verdad, como Francia. Y apuntaba que a los españoles nos costará alcanzarlo por tres razones: porque no hicimos la revolución que hicieron los franceses, porque hay un componente musulmán en nuestra cultura que nos impide distinguir bien lo civil de lo religioso, y porque las autoridades se han esforzado poco en cambiar las cosas. Un amable comentarista del blog nos recordó los aspectos siniestros de la Revolución Francesa, innegables, y don Juan se comprometió a hablar de ello cuando hubiera ocasión. Yo creo que la ocasión ha llegado. Sin embargo, no sé si será fácil que don Juan me dedique un hoy un poco de tiempo.
Estamos comiendo en un restaurante de los alrededores de Almagro. Afuera el calor es infernal, de plaga bíblica; dentro hace un frío siberiano que obliga a las mujeres a suspirar por las medias y a buscar desesperadamente con qué taparse los hombros. Don Juan, imperturbable, vino con chaqueta y con chaqueta se mantiene. En la comida hay bastante gente; se habla de lo que suele hablarse en estos casos; pronto la conversación es un archipiélago de charlas muy tenuemente interconectadas. Unos hablan de Grecia. A don Juan le asombra que gente inteligente, casi siempre sensata, se quede en detalles superficiales, incurra en errores históricos de bulto y, sin reparar en los matices, no entienda la metáfora del aire acondicionado: malo es el calor sofocante, pero no es razonable combatirlo con un frío que asustaría a los exploradores polares.
—¿Qué quiere decir, don Juan? —le pregunta un amigo.
—Que en esto, como en casi todo, haría falta menos griterío y más diálogo, menos soberbia y más humildad. A los griegos les convendría saber que los principales causantes de sus males son ellos mismos, que las deudas se pagan, y que no es bueno engallarse con los acreedores; y a estos, que no es prudente asfixiar al deudor ni llevarlo a la desesperación.
—¿Y el referéndum?
—El referéndum es demagogia de Tsipras. Parece mentira que tantos españoles de cierta edad lo hayan elevado a lo más alto de la democracia cuando los viejos bien sabemos que es un recurso típico de las dictaduras, que generalmente lo gana quien lo convoca, que en una semana no da tiempo a que la ciudadanía se forme una opinión responsable, que la pregunta era absurda, y el resultado absolutamente irrelevante. A los demagogos, que suelen ser buenos actores, les gustan los gestos teatrales; el público aplaude entusiasmado, pero al acabar la función todo continúa igual. Un político serio habría planteado una pregunta decisiva: ¿En Europa, cumpliendo las reglas sin hacer trampas, o fuera de Europa, aguantando los rigores de la intemperie? O bien hubiera negociado con tenacidad e inteligencia, sin echar sobre los hombros de sus conciudadanos responsabilidades que solo le corresponden a él.
—Pero la troika tampoco ha dado muchas pruebas de sensatez...
—No, desde luego. En Europa hace tiempo que tenemos gobernantes mediocres, sin vocación de estadistas y sin otra perspectiva que la fecha de las próximas elecciones. Y los organismos internacionales están copados por enjambres de tecnócratas doctrinarios que se creen dioses porque a nadie tienen que dar cuenta de lo que hacen.
—Pues estamos apañados —dice alguien.
—Estamos como casi siempre en la historia de la humanidad. Intente hacer una lista de gobernantes europeos excepcionales en los últimos dos mil años: le sobrarán dedos de las manos. Lo normal es que los gobernantes sean como el resto de la gente: grises. Ahora cabe esperar que no sean peores: demasiado tontos, demasiado ciegos, o demasiado pérfidos. Si Tsipras no hace muchas bobadas, se llegará a un acuerdo que, como todos los acuerdos, implicará cesiones. Los griegos habrán de pagar los impuestos que ahora no pagan, deberán tener un ejército como les corresponde, un sistema sensato de jubilaciones... y una iglesia que se retire a los templos y monasterios y renuncie a privilegios arcaicos y a querer influir en la política. Y los acreedores aflojarán un poco, si es que quieren cobrar.
—El mal menor.
—Naturalmente.
Entre unas cosas y otras, yo me quedo sin poder decir nada de la Revolución Francesa. A la salida, otra vez cociéndonos en el calor sahariano, don Juan se pone el sombrero; antes de montarse en el coche que maneja la hija, me tranquiliza:
—El próximo domingo, salvo catástrofe, hablaremos de Francia. Y de Sbrenica.

jueves, 9 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: 'Elogio del caminar'

Elogio del caminar
David le Breton
Siruela
Madrid, 2015


Desde joven don Juan es andarín empedernido. Todavía hoy, con casi setenta y seis años, anda diez o doce kilómetros al día; de vez en cuando se atreve a caminatas de veinte o veinticinco y, una o dos veces al año, hasta de treinta o cuarenta. Pero lo suyo no es deporte, ni siquiera ejercicio físico, sino espiritual. Por eso, siempre que puede, va solo, a su ritmo, con poco equipaje e indumentaria campesina, de pastor más que de aficionado al trekking. Se podría decir —pero él nunca lo dirá— que siente algo de compasión por los senderistas rebañegos, ruidosos como grullas, que al regreso no saben dar cuenta de adónde han ido ni por qué. Don Juan, naturalmente, nunca hará el camino de Santiago.
De modo que este libro, ideal para llevar en el bolsillo del pantalón, le sedujo en cuanto lo vio. Lo ha leído de un tirón, y lo tiene todavía encima de la mesa, a mano para abrirlo por cualquier página y leer un ratillo. Responde a lo que dice el título, pero añade, además, ínfulas científicas —se nota que el autor profesa en la universidad—, y es también una antología extensa y bien escogida de textos de otros muchos caminantes. Incluso describe caminatas legendarias, como la de Cabeza de Vaca, individuo extraordinario que dejó un libro fascinante.
El librillo de Le Bretón ha dado pie a don Juan para releer algunos otros de los que dará cuenta en semanas sucesivas.
Si creen ustedes que el campo es un libro que se lee, no una cancha en la que se practica deporte, les conviene leer este, cuyo precio —13 euros es perfectamente asequible. El único pero es que la prosa resulta triste, sin brillo ninguno, y que la traducción abusa hasta la exasperación —pero eso, quizá, ya no tenga remedio— de los posesivos en perjuicio de los artículos.

domingo, 5 de julio de 2015

'Fuenteovejuna' / Fuente Obejuna

A don Juan no le gusta demasiado el teatro y nada las aglomeraciones; por eso me sorprendí un poco cuando dijo que vendría a la inauguración del Festival. Él está pasando los primeros días del verano en Navaltizón, solo, en la casa grande de ventanas pequeñas y gruesos muros de tapial que vedan el paso al infierno que nos asuela. Ya ha terminado de cosechar los cereales, faltan dos meses para que empiece la vendimia, no ha sembrado este año nada que necesite riego, pastores y ganados viven la estación arcádica que idealizaron los poetas, las rutinas de la finca corren solas, sin necesidad de vigilancia... así que él se levanta temprano, pasea por el monte, escribe en la biblioteca umbría que da a la era, se baña en la alberca a la sombra del nogal, duerme la siesta, lee, se acuesta pronto...
—¿Y va a cambiar usted el paraíso de Navaltizón por el horno de Almagro? —le pregunto.
—Quiero ver la representación de Fuenteovejuna. Ya sabe usted que me llamo como uno de los personajes. No es protagonista, pero tiene las cualidades que a mí me gustaría tener: es discreto, sensato, reflexivo y, cuando hay que serlo, decidido y valiente:
              Si nuestras desventuras se compasan,
              para perder las vidas ¿qué aguardamos?
              Las casas y las viñas nos abrasan:
              tiranos son. ¡A la venganza vamos!
Yo, obviamente, no me acordaba del Juan Rojo de Fuenteovejuna; menos aún de este serventesio que da fin a una larga ristra de tercetos encadenados; sin embargo, si tiene las cualidades que don Juan le atribuye, podrían perfectamente intercambiarse: aquel Juan Rojo reunía las mismas virtudes que el de hoy.
¿Solo por eso viene?
Hay más cosas. La inauguración del Festival es ahora la fiesta mayor de Almagro; acudirán autoridades nuevas que quizá le den un tono menos engolado y más apoyo práctico; está José Luis Gómez al que vi el año pasado transfigurado en Cid emocionante; saludaré a Manuel Gahete, cronista oficial de Fuente Obejuna y destacado poeta, que me invitó en Córdoba a cierta conferencia sobre Antón de Montoro y la poesía satírica del siglo XV... y podré asistir a la representación de una gran obra de teatro. ¿Le parece poco?
A las siete estoy tomándome un café con hielo —ese brebaje inmundo al que recurro por no descender a la bajeza de refrescos peores— en un bar de la plaza. Don Juan, contraviniendo todas las normas de la elegancia antigua que suele autoimponerse, acude con el sombrero de panamá y una camisa de manga corta. No digo nada, pero me adivina el pensamiento.
¿Qué esperaba, que sufriera el cilicio de la corbata? Nosotros no somos nadie: que sean las autoridades las que aguanten el peso de la púrpura.
Cuando vemos venir a los prebostes desde el ayuntamiento, nos unimos a la comitiva como séquito poco albancioso; recorremos la exposición de D'Odorico, en la que un Peláez exuberante ejerce de maestro de ceremonias; luego, sorteando las mesas de los bares, accedemos al Corral.
Algún día —dice don Juan— hablaremos de la mezquindad de los bares de la plaza: ¿no podrían apartar las mesas un ratillo para darle a la ceremonia algo de solemnidad?
¡No lo hacen ni con Nuestro Señor Jesucristo en las procesiones de Semana Santa y lo van a hacer con García Page! —tercio escéptico.
Don Juan, deseando meterse en la sombra del Corral, no me contesta; yo estoy seguro de que compara el desorden del cortejo con la etiqueta que debe haber visto en lugares más civilizados.
El acto de inauguración tiene dos partes espacial y temporalmente bien diferenciadas, y de muy desigual calidad: los que hablan primero, dispuestos a la derecha de los espectadores, hacen buenos discursos, alguno de ellos brillantísimo; los segundos, ubicados a la izquierda, son ramplones y pedestres. Menos mal que solo dicen dos veces emblemático.
La representación de Fuenteovejuna es estupenda. A don Juan las empresas colectivas desinteresadas —creo que ya lo hemos dicho alguna vez— le emocionan. Y esta tiene también suficiente calidad artística. Parece que los melarienses de hoy conservaran muy vivos la dignidad y el amor por la justicia de sus antepasados bajomedievales: en consecuencia, los versos de Lope —que don Juan anticipa en voz baja— saltan graves y frescos al corazón de los espectadores, con toda naturalidad, como manados de una fuente.
Cuando termina buscamos un bar de las afueras que nos ponga vino pasable y algo de comer. Por fortuna, lo hallamos. Don Juan me habla de la abeja que hay en el escudo de Fuente Obejuna y de su antiquísima raigambre simbólica. También dice algo de la orden de Calatrava; pero estos comentarios —una pizca irreverentes— se quedan para otro día.

jueves, 2 de julio de 2015

Lecturas de don Juan: 'Soledades'

Soledades
Luis de Góngora
Clásicos Castalia
Madrid, 1994



Hay opiniones variadas, pero don Juan considera que el poeta por antonomasia de nuestra lengua es Luis de Góngora. No quiere decir con eso que sea el mejor —cosa harto difícil de elucidar—, sino que es el que tuvo idea más clara de su condición y de las exigencias que ello conllevaba; a otros los versos se les caen de las manos casi sin darse cuenta: él trabaja la inspiración con el mismo esmero que Spinoza ponía en pulir lentes, y el resultado es un puñado de piezas de orfebrería que pocos han logrado igualar.
El empeño de Góngora por elevarse Como un neblí que deja el puño duro para buscar las nubes / Traslúcidas de oro allá en el cielo alto— sobre la lengua común hasta lograr una lengua propia en la que nada hay de rutinario ni de banal y en donde las palabras y su disposición logran la máxima tensión expresiva es formidable. Y, como ocurre tantas veces, incomprendido: tres siglos tuvieron que pasar hasta que se reconociera plenamente la hazaña del poeta cordobés.
Desde hace más de cuarenta años, don Juan empieza el verano leyendo el Polifemo y las Soledades, y tiene los dos a mano el resto del año para abrirlos de vez en cuando al tuntún y darse un festín. Ayer empezó la nueva lectura de las Soledades, que casi se sabe de memoria. Es un libro difícil —hay que reconocerlo—, pero esta edición facilita mucho las cosas, y además es barata. Atrévanse.
Aquí va el comienzo en que, en plena primavera, un joven desdeñado y alejado de su amada llora las penas y consigue que el mar se compadezca de él y se calme:

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
(media luna las armas de su frente, 
y el Sol todos los rayos de su pelo), 
luciente honor del cielo, 
en campos de zafiro pace estrellas, 
cuando el que ministrar podía la copa 
a Júpiter mejor que el garzón de Ida, 
náufrago y desdeñado, sobre ausente, 
lagrimosas de amor dulces querellas 
da al mar, que condolido, 
fue a las ondas, fue al viento 
el mísero gemido, 
segundo de Arïón dulce instrumento.