domingo, 28 de junio de 2015

"Ruinas del Convento de los Dominicos"

El otro día, volviendo de las Minillas, le pregunté a don Juan si había muchas cosas así por Almagro.
En Almagro y alrededores no queda paisaje natural, de modo que, mire adonde mire, casi todo lo que vea sobre la tierra plantas y animales, tambiénlo han puesto los seres humanos o lo han modificado los seres humanos. Piense usted que aquí ha habido presencia humana constante desde hace cuatro o cinco mil años, y toda la gente ha usado el medio y ha dejado huella en él. Poblados de la Edad del Bronce los hay a decenas, por ejemplo. Pero, sin remontarnos tan atrás, el campo está lleno de vestigios culturales. Quizá los más conocidos sean las norias, casi ninguna en funcionamiento ya, con las artes rotas o dispersas adornando chalés; pero hay canteras, caleras y yeseras, y hornos de yeso y cal; palomares, chozos, cosques, unos más elaborados que otros, algunos intactos y otros abandonados o envilecidos con arreglos diversos; nobles casas de labor y casejas de gañanes; majadas de pastores; puentes, caminos antiquísimos de personas y ovejas; pedrizas y majanos; fuentes y abrevaderos; ermitas, cultivos diversos... y, claro está, carreteras asfaltadas, líneas eléctricas, riego por goteo, viñas en espaldera, campos ostentosos...
Como quien engatusa a un niño, añade:
Si un día tenemos tiempo iremos a unas ruinas que me gustan mucho.
Y hoy hemos ido. Los meteorólogos pronosticaban las penas del infierno, así que salimos de Almagro bien temprano, en mi coche, por la carretera de Carrión. Lo he dejado donde la cañada real de la Plata se cruza por primera vez con la carretera. Desde ahí, andando hacia el suroeste por caminos intrincados que don Juan transita sin vacilar, nos dirigimos a las “Ruinas del Convento de los Dominicos”.
En los primeros mapas topográficos, y hasta la edición de 1953, aparece este nombre al noroeste del término municipal de Almagro, en el rincón que forma con los de Pozuelo, Miguelturra y Carrión, a medio kilómetro de la vía del tren. En la edición de 1953 dice simplemente “Ruinas”, y en las actuales, nada de nada.
¿Un convento? pregunto incrédulo.
Probablemente los dominicos de la universidad tendrían aquí una huerta o retiro. Se desamortizaría en el siglo XIX y los nuevos propietarios lo adaptaron a sus necesidades o lo expoliaron y lo dejaron abandonado. Quizá Valle Calzado o Martínez Carrión, que han estudiado estos temas, nos podrían decir algo; yo solo sé lo que veo: no he encontrado nada escrito referido a este asunto, aunque sí una ruta en Wikiloc que arranca del cruce entre la autovía y la carretera de Carrión a Almagro, pero que da información sumaria.
Aunque todavía no son las siete, ya están los cazadores, vestidos de marines, prestos al exterminio de conejos. Le preguntamos a uno qué caza es esta, y nos dice que hay muchos conejos, que hacen mucho daño a la agricultura, que han dado permiso para el descaste y que así se entretienen un poco. Ellos verán.
Bien pendientes, pues, de los tiros, discurrimos entre rastrojos; gozamos la sombra de encinas centenarias; bordean el camino viejos olivos de troncos retorcidos; las viñas nos regalan el verde tierno y jugoso de la juventud; un pastor, tan cauto como nosotros, vigila a las ovejas que comen tranquilas, ignorantes de riesgos... En media hora estamos en las ruinas del convento.
En efecto, lo son: enfrente, una hacina de alpacas, compacta como un castillo, proclama la evidencia. Pero en los buenos tiempos fue edificio rectangular de cuarenta metros de largo por veinte de ancho, poco más o menos, y las dependencias dispuestas alrededor de un patio central también rectangular. Todas se han venido abajo y forman montones de escombros en los que crecen tobas altas y espesas. En la esquina del noroeste, sin embargo, sobrevive milagrosamente una pequeña habitación cuadrada cubierta de cúpula de media naranja sostenida por pechinas. Hace años destejaron la cúpula y algunas piedras están desprendidas; los conejos llevan tiempo entregados a una tenaz labor de zapa que mina los cimientos; dentro han hallado refugio las gentes del campo y, admirados de hallarse allí, han dejado firmas, letreros y fechas en las paredes también latas de sardinas y cascos de cervezas Calatrava―. Don Juan no sabe qué función pudo tener este cuarto, quizá la de oratorio.
Durante más de media hora, en silencio, recorremos la ruina. Yo hago algunas fotos. Volvemos al coche mustios. Me acuerdo de Du Bellay, de Quevedo, de Caro, pero no digo nada.