jueves, 21 de mayo de 2015

Lecturas de don Juan: 'Bajo la piel, los días'

Bajo la piel, los días
Eduardo Moga
Calambur
Madrid, 2010


Eduardo Moga nació en Barcelona en 1962; es licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica; ha trabajado como funcionario de la Generalitat de Catalunya; actualmente vive en Londres, aunque viaja frecuentemente a España para bolos diversos —el último, un congreso en Cáceres sobre Paul Celan— y mantiene casa en Sant Cugat y en Hoyos.
Porque ganarse la vida con la literatura no será tarea fácil, Moga toca muchos palillos: editor —ha de agradecérsele el trabajo que hizo en DVD, ensayista, conferenciante, crítico literario, antólogo —a don Juan le ha interesado mucho Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán, traductor —la versión de Hojas de hierba es formidable—, bloguero y, sobre todo, poeta.
Moga es poeta prolífico y diverso: ha pasado por la sextina, la décima, el haiku... Da la sensación de que, a diferencia de otros escritores que cuando se sienten cómodos en un territorio no se mueven de él, Moga tiene culillo de mal asiento y todo lo explora, todo lo prueba, de todo hace reto. Menos de lo que suele llamar poesía figurativa. Ahí no entra ni atado. Es más, profesa una cordial aversión algunos de los popes de este tipo de poesía, hoy tan hegemónica en España y tan manoseada.
El libro que lee don Juan es un diario poético. En él se puede seguir un hilo narrativo lleno de vicisitudes nada extraordinarias salvo por la forma que adoptan: el poema en prosa, mucho menos cultivado aquí que en otros sitios. Aunque solo sea por eso, y por menos de quince euros, se debe leer este libro.
Ahí va un breve fragmento tomado al azar:

XVII
No he olvidado la tristeza. Duerme bajo la piel, y la adivino por los surcos que abre en mi sonrisa, por las sombras calcáreas que deposita en la conciencia. A veces me parece entreverla, cuando me miro al espejo. Las pupilas se desprenden de la realidad, como un fruto de su pedúnculo, y atraviesan un espacio invulnerable, denso de revólveres, recorrido por gritos, tachonado de pesadillas: son estrellas desarraigadas, empozadas en otro cielo. Qué de fibromas en los armarios. Cuánto desconsuelo en los grifos. Cómo insiste lo absurdo en parecer inteligible. Igual que los cráneos de los muy delgados, la tristeza se imprime en la piel: acentúa sus desniveles, opaca su fulgor, unta de asombro su sangre. La tristeza cincela la envoltura que contiene el horror de ser yo.
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