jueves, 9 de abril de 2015

Lecturas de don Juan: 'Kaleidoscopio insomne'

Kaleidoscopio insomne
Isabel Fraire
Fondo de Cultura Económica
México, D.F. 2004


Isabel Fraire —¡qué tentación de escribir Freire!—, poeta mexicana, murió el domingo pasado. Tenía ochenta años y en los últimos ha estado ya fuera de este mundo porque padecía esa enfermedad cruel que deja vivo el cuerpo y mata el alma. Antes, había sido poeta, traductora, diplomática y feminista, lo mismo que Rosario Castellanos.
Don Juan la conoció en 2005 gracias a este libro de nombre fascinante, que reúne toda su poesía y cuesta diecisiete euros. Los que tengan más de cincuenta años sabrán bien qué es un kaleidoscopio porque seguramente, en sus años de instituto, construyeron alguno. Los que tengan menos que lo busquen en la Wikipedia.
Y el título del libro no es solo fascinante: es exacto. En la poesía de Fraire las palabras, trozos multicolores de vidrio, se descomponen y se recomponen ante los ojos del lector como por casualidad o magia, pero obedeciendo en realidad a normas bien fundadas y plenamente conscientes. El poema, pues, aparece vistoso y frágil; natural y, a menudo, juguetón y risueño: una revelación de la danza de las palabras. Lo dijo, certero siempre, Octavio Paz: "Su poesía es un continuo volar de imágenes que se disipan, reaparecen y vuelven a desaparecer".
En España no es muy conocida. Por eso don Juan la trae aquí, aunque tenía pensado dedicar esta lectura a Gabriela Mistral porque a Gabriela sí la conocen todos ustedes.
Si leen a Fraire se lo agradecerán. He aquí dos de sus poemas:

no te deseo
te veo
tu imagen sigue
ocupando el silencio junto a mí

no tengo otra manera de moverme
que envuelta en tu mirada
tu recuerdo me viste

el aire que ocupaban tus palabras
resuena en mis oídos
como un tropel de ángeles

mis dedos sonámbulos
se tropiezan contigo
en cada objeto

*** *** ***

[Después de ver Jules et Jim]




desde el atardecer invulnerable
me mira fijamente
fija por el recuerdo
tu mirada


inmóvil como el tiempo
que se dice ha pasado
como las estaciones
inexorablemente sucesivas
e idénticas


fijos por el recuerdo tus dos ojos
como la luna suspendida en alto
me contemplan


y yo cambio
visto y desvisto caras y momentos
que van quedando inmóviles
fijos en el atardecer invulnerable