domingo, 26 de abril de 2015

Candidaturas (1)

Don Juan no vendrá en mayo. Invitado por el Instituto Cervantes, desde mediados del mes dictará conferencias en ciudades del este de Europa sobre asuntos de su especialidad La Celestina y La Lozana andaluza, que tanto le gusta, el Lazarillo y los diálogos de los hermanos Valdés—. Don Juan los tiene bien trillados y sabidos; pero es concienzudo. No quiere que nada se le escape: ni el último libro, ni el último artículo, ni la última reseña, ni siquiera una nota a pie de página en cualquier publicación universitaria de tercera fila. Así que, desde mañana, se encerrará en Navaltizón a estudiar y a escribir.
¡Y yo tengo que llenar el blog...! De modo que he tomado una decisión heroica. Me presento al café con el Boletín Oficial de la Provincia, a ver si consigo que don Juan me comente las candidaturas de las elecciones municipales. Hay cuatro: troceando bien las explicaciones y dándoles coba, ya tengo cuatro domingos; los otros dos, veré cómo me las apaño. Ustedes lo agradecerán.
Dicho y hecho: cuando nos han servido los cafés y mientras nos ponen las copas, dejo las hojas en la mesa; las de toda la provincia. Él se hace de nuevas:
—¿Le ha dado a usted por la legislación o quiere asesorar a alguien para que contrate alguna carretera?
—No, don Juan: son las candidaturas a las elecciones locales.
Sin aparentar mucho interés —pero estas cosas le gustan— hojea el cuadernillo. Enseguida pregunta, casi como Nuestro Señor Jesucristo en las bodas de Caná:
—¿Y qué tengo yo que ver con esto?
—Nada —respondo—. Pero he creído que le podría interesar. Y si me da su opinión...
—Para enjuiciar una candidatura no basta la lista de los nombres: hace falta conocer la trayectoria de cada uno, y el programa que pretendan cumplir.
—Ya —digo a la defensiva—; pero su opinión me interesa de todas formas.
—¿Qué quiere saber? —responde rápido.
—Lo que usted me cuente de las candidaturas de Almagro.
—¿Por dónde empezamos?
Este ametrallamiento me desconcierta: o don Juan desea acabar pronto con el engorro o tiene segundas intenciones que se me escapan. Respondo:
—Por la última, si no le importa. Vamos hacia arriba para llevarle la contraria a la Junta Electoral.
Almagro sí puede se llama. Bien. Para empezar hay dos cosas que me incomodan. Una, que jueguen al escondite. ¿A quién quieren engañar? ¿No le parece a usted pueril decirnos “A que éramos de Podemos, pero hacíamos como que no éramos de Podemos”? ¿Si sacan muchos votos, serán votos de Podemos? ¿Si sacan pocos votos, de estos pobres infelices que se presentan en los pueblos? Obviamente no engañan a nadie. Alguna vez le he dicho que los dirigentes de Podemos eran buenos tácticos; ahora me parecen también malos estrategas. Ya veremos.
—¿Y la otra?
La otra se me antoja más grave. ¿Por qué se llaman Almagro? Ellos serán unas cuantas decenas; como mucho, unos pocos cientos; pero, sin pensarlo demasiado, se llaman a sí mismos Almagro. Y los demás que aquí viven ¿qué son? ¿Marte? ¿O, siendo ellos solos Almagro, los otros quedan degradados a parias, a infieles que estorban en su paraíso? Este pequeño desliz —seguramente involuntario, y para ellos inocente— es puro totalitarismo verbal: una parte, chica o grande el 24 de mayo lo sabremos—, se atreve a usurpar el todo. Podíamos imaginarlo hace meses; sin embargo, a los que vivimos la dictadura, ese régimen en que media España se permitía llamar Antiespaña a la otra media, no nos hace mucha gracia.
Petulancia juvenil, don Juan.
De cuerpo no parecen tan jóvenes; de espíritu, ellos sabrán.
¿Y de los candidatos qué opina?
Personalmente solo conozco a Arenas, y ya sabe mi opinión sobre ella: inmejorable; creo que han hecho mal relegándola al segundo puesto. Conocí al abuelo y al padre del número uno; y conozco a la madre y a la hermana; el PSOE les ha dado mucho. Pero eso, claro está, a nuestros efectos no tiene ninguna importancia. Cada uno es hijo de sus obras: si los almagreños quieren, nos las enseñará.
¿Algo más?
Hay también en la lista algún encarnizado enemigo de la arquitectura popular: casa donde pone el letrero, casa que se hunde. A él le gustan más los pastiches dulzarrones y caros, triviales y un poco horteras. Almagro padecería bastante si fuera concejal de urbanismo.
La tarde está dando de sí. Para que no decaiga, pido otras copas. Don Juan matiza:
—Del resto no tengo referencias. Pero es admirable que se presten a servir a su pueblo y se expongan, sin necesidad, a críticas como las nuestras. Hay que alabárselo.
Y yo, aunque no lo digo, estoy de acuerdo.