domingo, 22 de marzo de 2015

Naufragio

No hay espectáculo más triste que el de las ratas abandonando el barco; ni tampoco señal más clara de que el barco se hunde.
No es don Juan el que habla; es un amigo que nos acompaña de vez en cuando y que, por el trabajo, está muy cerca del Ayuntamiento. Vamos paseando por la plaza; cruzamos por delante de la puerta; la bandera de Almagro cuelga fláccida en el balcón e, indolente, va perdiendo trozos del escudo; el amigo la señala con la cabeza y prosigue:
El alcalde lleva meses sin convocar plenos por temor a perderlos; es decir, porque varios de sus concejales se han declarado en rebeldía y votarían en contra de lo que propusiese. Dicen, incluso, que ha habido discusiones muy poco amistosas, que algunos han dejado el partido y se están buscando acomodo en otras partes. No hay presupuesto; no hay información; no hay rigor ni cabeza; la deuda está disparada; la sensación es de desconcierto, de naufragio.
El amigo se acuerda del capitán Schettino y del Costa Concordia:
Aquí el capitán, aunque aturdido, sigue en el barco, pero sus segundos están de retirada.
Yo me atrevo a intervenir:
Esto podía barruntarse hace cuatro años. La candidatura era un corral con demasiados gallos encabezada por una persona a la que se le dan bien las relaciones públicas, los papeles de relumbrón, la retórica pasada de moda, pero con poca voluntad de enfrascarse diariamente en las rutinas tediosas de la gestión, y sin vocación ni carácter para dirigir y coordinar un equipo en el que algunos se le subieron pronto a las barbas.
Nuestro amigo asiente.
Y, sin embargo, los almagreños votaron muy mayoritariamente esta lista. Claro que en el pecado han llevado la penitencia: desde el segundo mandato de Rivero no se ha conocido desbarajuste igual. Parece que hubiéramos retrocedido un siglo: los viejos vicios de la viejísima política caciquil de la Restauración han rebrotado con fuerza, hasta los más abyectos.
Hay un silencio largo y pesimista; nubes negras y bajas, agoreras, vuelan encima de nosotros; un tordo silba burlón en la cabeza de Diego de Almagro
¿Dónde irán los que huyen? —pregunto yo.
No lo sé. Lo que decía don Juan hace poco —volvemos la cabeza hacia don Juan, que está pendiente del tordo— puede valer también aquí. Ninguno de los disidentes querrá irse a su casa, de modo que, como los críalos —ahora me miran a mí— intentarán parasitar el nido de alguno de los nuevos partidos.
Tendría gracia que alguno de los nuevos partidos diera cobijo a estos conspicuos representantes de la más rancia política, la del quítate tú que me ponga yo.
Todo podría ser. A los tránsfugas les hubiera gustado quedarse con el santo y la limosna en el Partido Popular, pero han minusvalorado al alcalde. Maldonado es más inteligente de lo que ellos creían —más inteligente que ellos, en realidad— y ha maniobrado mejor. Ahora corren el riesgo de pasar por traidores. Los traidores no están bien vistos en ninguna parte. Las buenas familias de Almagro no les perdonarán fácilmente su gesto: apoyarán a Maldonado, que es de los suyos, antes que a los otros, a fin de cuentas arribistas y advenedizos. Ahora bien, no hay peor cuña que la de la misma madera: quizá alguien esté dispuesto a poner dinero y a mover hilos para derribar a Maldonado, aunque sufra el Partido Popular, con tal de sacar algo.
¿Qué se puede sacar?
Influencia, poder, venganza... qué sé yo: las pasiones humanas corren turbias por las cloacas de ciertos corazones, y los insurrectos del PP no son agua clara precisamente.
Estamos ya en el Corregidor. Don Juan no ha hablado apenas en toda la tarde. Él presta poca atención a la política local: ni vive aquí, ni vota aquí, ni aquí paga sus impuestos. Cuando nos han servido las copas a don Juan y a mí; el amigo no toma alcohol: cocacola lightsaca del bolsillo de la chaqueta un folio doblado y lo deja encima de la mesa. Es el folleto de la exposición sobre Semana Santa que hay en la sala Jacobo Fucares sic: ¿Cuántos Fucares era este Fúcar?—. Saltándose el largo y apretado texto de prosa torpe, municipal y espesa, nos señala los créditos. La exposición es del Ayuntamiento de Almagro, pero no de todo él: tan solo del alcalde y del concejal de cultura. Y uno se imagina las tercas e infantiles discusiones que habrán mantenido ambos para que todos nos enteremos de quiénes son. El diablo está en los detalles, y este, mejor que otros, nos muestra bien el infierno que debe estar siendo a estas horas el “Equipo” de “Gobierno”.

4 comentarios:

  1. Estando, como estoy, de acuerdo con la mayoría de lo escrito, me parece un desperdicio que el capitán Schettino y el Costa Concordia le sirvan de tan poca cosa, no más que un pie. Un tipo que acerca un barco a la costa por amor, vanidad o sexo, lo hunde y sale huyendo, merece, me parece a mí, más atención.

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  2. No solo merece más atención: merece la cárcel por muchos años; y, en tiempos más serios, hubiera merecido la muerte con deshonra. Pero aquí el capitán Schettino sirve solo de comparación —exagerada, sin duda— ya que estábamos hablando de ratas y de barcos: aunque el ayuntamiento de Almagro vaya a la deriva y aunque su capitán no posea muchas dotes de mando, no debemos llevar muy adelante la analogía con Schettino, que, además de estúpido, es un criminal.

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  3. Entiendo que la analogía se vuelve peligrosa en un punto y que sería conveniente abandonarla, pero es que la fascinación por el personaje me arrastra. De cualquier manera, perdón por inmiscuirme en decisiones literarias y estilísticas que sólo competen a quien escribe.

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  4. En esto de las comparaciones —que, como se dice, son odiosas— nunca sabe uno qué fibras sensibles de alguien puede estar tocando. Y más si se trata de hechos recientes y dolorosos como este del Costa Concordia. Lo tendré en cuenta. Y gracias, de todas formas, por el interés que ha prodigado a nuestros modestos apuntes pueblerinos.

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