domingo, 15 de marzo de 2015

Cospedal, Floriano

No envidio a los actores; su oficio es difícil, y más si las funciones duran las veinticuatro horas del día.
Don Juan, ya lo hemos visto, transita en ocasiones caminos inesperados; no es por sorprender ni por desconcertar al auditorio, es porque su cabeza —mejor que la de Villalobos— puede estar en varias cosas al mismo tiempo. Aunque yo debería saberlo, muchas veces me sorprende y desconcierta. Entonces le pregunto con ingenuidad franciscana:
¿Qué dice, don Juan?
Él se da cuenta enseguida de que no todo el mundo tiene sus capacidades e inmediatamente, sin incomodarse, saca la paciencia infinita del profesor experimentado:
Lo digo por Cospedal y Floriano. No son los únicos, pero quizá sí los más representativos.
Porque a los profesores no les gusta que se les interrumpa, permanezco en silencio; él debe verme la cara de incomprensión y desciende a mi altura:
Cospedal y Floriano son personas inteligentes. La una, abogada del Estado; el otro, doctor en derecho. Yo sé, porque conozco este mundo, que hay muchos licenciados y doctores que no pasan de asnos cargados de libros. Pero no es el caso: Cospedal y Floriano han tenido que superar el duro proceso selectivo de un partido político que se nutre de las élites intelectuales de España —en esta provincia, por no andar mucho, mire a Cotillas, a Romero, a Cañizares, a Lucas Torres, deslumbrantes luminarias—. Y han llegado a lo más alto. Sin embargo, ahí los tiene usted: todos los días del año, a todas horas, en todos los sitios, haciéndose los tontos. ¿Por qué? Porque es el papel que el partido les ha encomendado.
O sea, que no hablaba usted de teatro, sino de política.
Toda la vida es teatro: los sabían bien los clásicos. Y la política, el teatro por antonomasia. Los políticos están todo el día representando —ojalá pudiera decir representándonos—; y nosotros, el público, unas veces aplaudimos y otras silbamos, incluso arrojamos objetos a sus cabezas.
Y las elecciones son el momento de pasar la gorra.
Buena metáfora —dice con cierto asombro—. Como en toda función, en la política hay diferentes papeles: héroes y villanos, protagonistas y secundarios, tontos y listos... A Cospedal y Floriano, estaba diciendo, les ha tocado el papel de bobos —ella, con unas gotas de mala uva; él, la pura y genuina estulticia. En la vida civil ambos son elocuentes, cultos, honrados, agudos, francos, elegantes, amables y bien criados; en el teatro de la política su discurso es un pueril balbuceo tartajoso y, gracias al enorme talento interpretativo que atesoran, los creemos ignorantes, romos, embrolleros, hipócritas, horteras, agrios y maleducados. ¿Cabe sacrificio mayor que este de representar tan convincentemente lo que no se es?
No sé si manifestar mi escepticismo: habría que ser muy listo, creo yo, para fingirse tan tonto. Además, ¿a quién beneficia tal despilfarro de talento escénico?
Como si me leyera el pensamiento, don Juan continúa:
—La abnegación de Cospedal y Floriano es heroica. Gracias a su aparente estupidez pueden pasar por genios otros personajes del partido que no son dignos ni de atarles los cordones de los zapatos; por ejemplo, Esperanza Aguirre o Soraya Sáenz.
—No sé yo... —apunto mi reticencia.
Don Juan no responde. Insinúa una sonrisa enigmática.
La tarde se alarga en el Corregidor. El cielo, estos días pasados tan limpio, está cubierto de nubes deshilachadas: la primavera, que asomaba vigorosa, ha retrocedido. El Corregidor está mustio; desde hace tiempo, don Juan viene observando en él una especie de desidia, de cansancio, de pesimismo. Durante muchos años, el Corregidor ha sido —todavía es lo mejor de la hostelería de Almagro, y un atractivo para los visitantes tan grande como alguno de sus monumentos. Y lo mismo que les pasa con algunos de sus monumentos, los almagreños han mostrado hacia el Corregidor un cierto desapego sustentado en tópicos bastante vulgares, aunque muy repetidos. Ahora el Corregidor ha perdido ímpetu; a marchas forzadas camina hacia la ramplonería más anodina. Lo mismo que los actores viejos, sigue representando su papel rutinariamente, sin vocación ya.
Quedamos pensativos; no necesitamos hablar; de don Juan se apodera la melancolía. ¿Y si el Corregidor estuviera a punto de bajar el telón?
A nosotros nos fastidiaría mucho, desde luego; pero Almagro perdería más.