domingo, 22 de febrero de 2015

Gómez

Las tardes van siendo largas. Se puede pasear un poco después de comer y tomar luego unas copas en el Corregidor sin que la noche se nos venga encima, y nos encoja, y nos disperse: la luz es alegría. Por la falta de luz, mucho más que por el frío, a don Juan no le gusta el invierno.
Esta tarde hemos caminado por las rondas, él hablando y yo aprendiendo: sobre la carretería, sobre los recueros, sobre por qué Almagro no tiene calle de Toledo y tiene calle de Granada... Aunque, en realidad, lo que hace don Juan no es pasear; don Juan pasa revista: en todo se fija, todo lo escudriña, ninguna novedad se le escapa. Hoy, por ejemplo, me llama la atención sobre los bonitos y pronuncia bonitos con un deje de ironía bastante mordazescudos que han puesto en la ronda de San Francisco. Otro día hablaremos de ellos.
Ya en el Corregidor, tras el primer sorbo al whisky, don Juan dice inopinadamente:
Hace casi dos siglos, el general Gómez recorrió media España sin dejar piedra sobre piedra. Cuando yo era chico, mi abuela me contaba cómo a la suya y a las otras mozas del pueblo las escondían en tinajas para que los fieros soldados de Gómez no dieran con ellas.
—¿Cómo dice, don Juan?
No me haga caso —se pone un poco melancólico—. Cosas de viejo: los viejos desvariamos. Pero la historia se repite, ahora como farsa: estos días otro Gómez, en el corto trayecto que va de Parla a Madrid, está dejando el socialismo muy percudido.
No será para tanto.
Vaya si lo es: “Muera Sansón con todos los filisteos”. Hay muchos políticos que creen que el partido les pertenece: no se van ni a pedradas. Y, si los echan, salen como un tornado.
Para nadie es fácil saber cuándo se ha terminado su tiempo.
Es mucho más difícil para los que no tienen adónde ir. La política española ha llegado a tan alto grado de desprestigio que nadie con un modo decente de ganarse la vida entra en ella.
Hombre, don Juan...
Compruébelo usted. Mire a ver si alguien que posea un taller, una consulta, una tienda, un bufete, quiere hacerse político: su reputación saldría perjudicada. A la política hoy solo van quienes no tienen nada que perder —los ricos, los funcionarios, los jubilados—, para satisfacer su vanidad, o los que tienen algo que ganar. Por ejemplo, jóvenes cuyo único mérito es la juventud.
Todos fuimos jóvenes.
—Claro: la juventud no es ningún mérito. Y además, como nosotros sabemos muy bien, se acaba. Muchos jóvenes que hicieron de la política su forma de vida, que se criaron a los pechos de viejos apparátchiki de colmillos retorcidos y de ellos aprendieron todas las triquiñuelas, se encuentran en un suspiro con que tienen cuarenta o cincuenta años y no saben hacer otra cosa más que intrigar. Si tenían oficio, lo han olvidado; si no lo tenían, no les queda tiempo de aprenderlo. ¿Se van a ir de buena gana? Antes la muerte. Por eso es tan difícil la renovación de los partidos.
El PSOE la ha hecho.
El PSOE ha cambiado la cubierta. Por debajo, en las regiones, en las provincias, en los pueblos, siguen los mismos, aferrados a sus sillones, con el cuchillo entre los dientes, dispuestos a lo que sea preciso para mantenerse en sus plazas: porque se juegan el pan de sus hijos. Gómez es uno: solo lo calmarán si le dan una canonjía. Y a sus partidarios, lo mismo.
Entre ellos, Valcarce. Que Dios me perdone, pero, aunque nuestro amigo Martínez Carrión la defienda, me parece que se le está poniendo la misma cara de lela que a la Sáez aquella...
Don Juan me mira con severidad. Él no tolera insultos y menos si rozan el machismo.
No quería ofender, don Juan —digo en retirada—; pero, ya que estamos en el cenagal de gürteles y púnicas, algún juez podría desempolvar el Tamayazo...
Ya hablaremos de los jueces. Por hoy basta decir que los jueces aprenden desde pequeñitos —es decir, desde que otro juez los prepara para aprobar la oposición— a quién pueden incomodar y a quién no. En ese avispero nadie meterá la mano.
Sobre los tejados del Corregidor se ven las torres de San Bartolomé todavía enrojecidas por el último resplandor del ocaso. Don Juan se acuerda de la náusea del borracho ahíto de vino malo y de las heces turbias que cantó don Antonio; de aquella España de charanga y pandereta que creíamos enterrada y que vive feliz entre nosotros.
El que lleva muerto cien años es Giner de los Ríos; su sueño de un nuevo florecer de España ¿dónde está?