domingo, 8 de febrero de 2015

Cigüeñas

Don Juan está ligeramente disgustado conmigo. Dice que en la transcripción de la charla del domingo hice lo que suelen hacer los periodistas de ahora: dejarme arrastrar atolondradamente por el caballo desbocado de la actualidad; que hablamos de otras muchas cosas que seguirán vivas siglos después de que la piedra de Podemos lanzada a la charca de la política española haya dejado de hacer ondas; que, aunque en esta sociedad de tanta información y tan poco conocimiento cualquier cosa puede alcanzar notoriedad desmesurada, él se atiene a la observación despaciosa y algo escéptica de lo que permanecerá, no de lo que brilla un instante... y que los viejos tienen ya solo tres preocupaciones políticas: vivir en paz, seguir gozando de la libertad que no gozaron en la juventud y cobrar la pensión puntualmente todos los meses.
Yo sé que lo primero es cierto —es decir, que don Juan no está preso de la actualidad informativa— y que lo segundo, solo a medias: él tiene otras preocupaciones políticas mucho menos mezquinas.
No son mezquinas, querido amigo. Quizá los jóvenes vean a estas alturas la paz y la libertad tan naturales e irrelevantes como el aire que respiran trece veces por minuto sin darse cuenta, pero los viejos sabemos que no son naturales ni regaladas ni irrelevantes. En la historia de España —de Europa, del mundo— lo normal ha sido siempre la guerra y la esclavitud; nosotros somos la primera generación de españoles que hemos vivido toda la vida en paz, y toda la vida adulta en libertad o anhelándola, de modo que el poco tiempo que nos quede no nos gustaría retroceder a la barbarie ni a la opresión.
Claro, claro... —digo un poco condescendiente, como hacemos siempre que los abuelos empiezan con estos sermones.
Pero él no se da por aludido. Prosigue serio, un poco solemne:
Y si nosotros tenemos paz y libertad las tendrá la sociedad entera, aunque sea para que algunos insensatos puedan burlarse de ellas. En cuanto a la pensiónmírela usted como señal de eso que hemos llamado el Estado del Bienestar, el que crearon en Europa Occidental los socialistas y los democratacristianos después de la Segunda Guerra Mundial, tal vez para que los ciudadanos no se dejaran seducir por el oso soviético. No hay nada igual en el mundo: pensiones, sí; pero también sanidad y educación universales y gratuitas; y servicios sociales bien organizados y generosos; y seguro de desempleo, y condiciones de trabajo dignas... y tantas cosas que no ha habido nunca antes en ningún sitio y que ahora tampoco hay casi en ningún sitio. Ojo: y que aquí muchos quieren eliminar.
Bueno, don Juan: ¿y qué tiene que ver todo esto con la conversación del otro día?
Me mira incrédulo, como se mira al que no entiende lo obvio.
Pues que ahora que esta casa levantada en la Transición, tan acogedora durante treinta y tantos años, parece que se hunde, sería conveniente no dejarse llevar por impulsos alocados, pensar seriamente en lo que se puede perder, defender con uñas y dientes lo que se ha conquistado y que los ladrones nos quieren quitar —nos están quitando ya—, y tratar de hacerlo mediante el diálogo sensato de personas inteligentes, no mediante la confrontación de cínicos y brutos que embisten cuando se dignan usar de la cabeza.
El mensaje es un poco críptico, casi oracular. Le pregunto:
Y eso ¿cómo se hace?
Tomando ejemplo de las cigüeñas. Les tiraron la casa; ya están haciendo otra: con decidida perseverancia y sin perder el tiempo en tonterías.
Y en la tarde invernal, de cielo limpio y azul, vamos a ver la nueva casa de las cigüeñas en la fábrica de harinas de la plazuela de Cervantes: las echaron de la iglesia y se han acogido a la industria —en desuso, es cierto—: eso han salido ganando.
Después, para entonar el cuerpo, tomamos coñac y whisky en el Parador.