domingo, 15 de febrero de 2015

Cajón de sastre

UNO: Congreso
Don Juan no ha venido este fin de semana. Está en Dinamarca, en Odense, asistiendo a un congreso sobre la pervivencia de los clásicos romanos en la Edad Media. Don Juan lleva jubilado de la universidad cinco o seis años, pero continúa lo que él llama "actividad académica residual", es decir, redacta papers para revistas especializadas, dicta conferencias, acude a congresos... En este de Odense, que es un homenaje a su amigo Birger Munk Olsen, don Juan presenta una breve comunicación comparando el léxico genital de Catulo con el de Antonio Becadelli. He leído el abstract: no he entendido nada. Sin embargo, me ha alegrado encontrar una nota a pie de página en la que menciona la traducción que de Catulo hizo González Iglesias, porque en varias ocasiones don Juan le ha puesto peros, y a mí me resulta estupenda.
(Aunque mitigados, también se cuelan en el templo del saber los ruidos del mundo. De nuevo, ruido de balas. Don Juan piensa que matar a alguien muy pocas veces estará justificado, pero que matar por la fe es peor que el peor de los crímenes: el colmo de la estupidez).

DOS: Críalos
No sé yo en otras partes, pero aquí en Almagro quienes decretan el final del invierno son los críalos. Al no estar don Juan, he dado un largo paseo hasta las Duronas. Todavía no han florecido los almendros del Carmen; sin embargo, poco después de cruzar la autovía, desierta a estas horas como las de Corea del Norte, y dejando a la izquierda el cerro de Mingabril —¡Si don Juan supiera árabe, cuánto partido podría sacarle a este orónimo!—, empieza el alboroto insistente de los críalos: el invierno está derrotado. El críalo, Clamator glandarius, es especie bullanguera y gárrula —de ahí lo de clamator; pero, por lo que yo sé, no come bellotas: luego sobraría lo de glandarius—; pasa lo más crudo del invierno en África y vuelve cuando volvían las cigüeñas. Ahora mismo, haciendo honor a su nombre, los críalos claman desaforadamente; y vuelan de mata en mata; y acometen a las urracas que los acogerán en sus nidos; y se enredan en torbellinos vertiginosos, obstinados, interminables... Bajo una encina maternal y atávica, mirando el valle del Pellejero, en el horizonte las cumbres venerables de la Yezosa, del Cerro Gordo, de Cuevas Negras, y tendida a mis pies Valenzuela, me quedo un buen rato oyendo la garrulería loca de los críalos, a quienes les acucia vehemente la pulsión del amor, es decir, de la primavera: benditos sean.

TRES: Sugerencias a don Juan
Un comentarista del blog le pregunta a don Juan por sus lecturas. Otro, que se ha dado cuenta de la presencia (obvia o no tanto) de versos diseminados en mi resumen de las enseñanzas de don Juan, le pide que suba aquí cada semana un poema breve de los que más le gusten. Don Juan me dice que él ya está viejo para echar sobre sus hombros esta clase de obligaciones; que lo pensará y, si acaso, me dirá a mí lo que está leyendo o me indicará algún poema para que yo lo copie.
Hágalo así, don Juan. Yo, si usted me da instrucciones precisas, cumpliré con mucho gusto —le digo egoístamente, pensando que de esta forma no me tendré que desojar para ver el título o el autor de los libros que saca del bolsillo.
Pero titubea. Contarle a alguien lo que uno lee, así, sistemáticamente, como se le cuentan al médico los síntomas de una enfermedad, no acaba de gustarle. Yo insisto y, por una vez, accede. De modo que, a partir de ahora, todos los jueves al amanecer —madrugo mucho— daré noticia en el blog de las lecturas de don Juan; no serán reseñas, porque don Juan no tiene ganas de hacerlas, sino apuntes breves en los que dirá por qué es aconsejable leer tal o cual libro y cuáles son sus características más destacadas. Y, de vez en cuando, también copiaré aquí alguno de los poemas que me lea.
¿Qué opinan ustedes, generosos lectores?