jueves, 26 de febrero de 2015

Lecturas de don Juan: 'En las orillas del Sar'

En las orillas del Sar
Rosalía de Castro
Castalia
Madrid, 1982


Antes de ayer Google, que está en todo, nos recordaba la fecha de nacimiento de Rosalía de Castro: el 24 de febrero de 1837.
Hacía bastante tiempo que don Juan no visitaba a Rosalía, de modo que le pareció un buen motivo para ir a verla. Gracias, Google.
Rosalía fue hija de cura. Quizá ese estigma (entonces lo era), las circunstancias en las que se crió, un matrimonio probablemente no muy feliz, la mala salud... y una posición en el mundo un tanto conflictiva (como mujer, como poeta, como gallega) hicieron que su vida no fuera fácil, que estuviera habitada frecuentemente por la "negra sombra" y que el suicidio la tentase a menudo (al menos en el papel).
En Galicia Rosalía de Castro es una figura descomunal, un mito: no en vano ella sacó a la lengua gallega de la postración en que vivía desde la Edad Media y, con sus versos, dotó a sus paisanos de la conciencia de sí mismos y de su propio valer. En el resto de España no es ni mucho menos así. Sin embargo, Rosalía es una poeta enorme también en nuestra lengua, y este libro, una verdadera hermosura. Léanlo ustedes: Rosalía, tan romántica como Bécquer, igual de accesible, es, al parecer de don Juan, mucho más honda.
El ejemplar de la foto está descatalogado; a don Juan le costó 340 pesetas. Pero pueden encontrarse otros, por ejemplo, el de Cátedra (edición excelente de Xesús Alonso Montero), a poco más de ocho euros.
He aquí el poema 13 de En las orillas del Sar:
13
Sedientas las arenas, en la playa
sienten del sol los besos abrasados,
y no lejos, las ondas, siempre frescas,
ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen:
no sé lo que me pasa al contemplaros,
pues como yo sufrís, secas y mudas,
el suplicio sin término de Tántalo.

Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un día
en que, salvando misteriosos límites,
avance el mar y hasta vosotras llegue
a apagar vuestra sed inextinguible.
¡Y quién sabe también si tras de tantos
siglos de ansias y anhelos imposibles,
saciará al fin su sed el alma ardiente
donde beben su amor los serafines!

domingo, 22 de febrero de 2015

Gómez

Las tardes van siendo largas. Se puede pasear un poco después de comer y tomar luego unas copas en el Corregidor sin que la noche se nos venga encima, y nos encoja, y nos disperse: la luz es alegría. Por la falta de luz, mucho más que por el frío, a don Juan no le gusta el invierno.
Esta tarde hemos caminado por las rondas, él hablando y yo aprendiendo: sobre la carretería, sobre los recueros, sobre por qué Almagro no tiene calle de Toledo y tiene calle de Granada... Aunque, en realidad, lo que hace don Juan no es pasear; don Juan pasa revista: en todo se fija, todo lo escudriña, ninguna novedad se le escapa. Hoy, por ejemplo, me llama la atención sobre los bonitos y pronuncia bonitos con un deje de ironía bastante mordazescudos que han puesto en la ronda de San Francisco. Otro día hablaremos de ellos.
Ya en el Corregidor, tras el primer sorbo al whisky, don Juan dice inopinadamente:
Hace casi dos siglos, el general Gómez recorrió media España sin dejar piedra sobre piedra. Cuando yo era chico, mi abuela me contaba cómo a la suya y a las otras mozas del pueblo las escondían en tinajas para que los fieros soldados de Gómez no dieran con ellas.
—¿Cómo dice, don Juan?
No me haga caso —se pone un poco melancólico—. Cosas de viejo: los viejos desvariamos. Pero la historia se repite, ahora como farsa: estos días otro Gómez, en el corto trayecto que va de Parla a Madrid, está dejando el socialismo muy percudido.
No será para tanto.
Vaya si lo es: “Muera Sansón con todos los filisteos”. Hay muchos políticos que creen que el partido les pertenece: no se van ni a pedradas. Y, si los echan, salen como un tornado.
Para nadie es fácil saber cuándo se ha terminado su tiempo.
Es mucho más difícil para los que no tienen adónde ir. La política española ha llegado a tan alto grado de desprestigio que nadie con un modo decente de ganarse la vida entra en ella.
Hombre, don Juan...
Compruébelo usted. Mire a ver si alguien que posea un taller, una consulta, una tienda, un bufete, quiere hacerse político: su reputación saldría perjudicada. A la política hoy solo van quienes no tienen nada que perder —los ricos, los funcionarios, los jubilados—, para satisfacer su vanidad, o los que tienen algo que ganar. Por ejemplo, jóvenes cuyo único mérito es la juventud.
Todos fuimos jóvenes.
—Claro: la juventud no es ningún mérito. Y además, como nosotros sabemos muy bien, se acaba. Muchos jóvenes que hicieron de la política su forma de vida, que se criaron a los pechos de viejos apparátchiki de colmillos retorcidos y de ellos aprendieron todas las triquiñuelas, se encuentran en un suspiro con que tienen cuarenta o cincuenta años y no saben hacer otra cosa más que intrigar. Si tenían oficio, lo han olvidado; si no lo tenían, no les queda tiempo de aprenderlo. ¿Se van a ir de buena gana? Antes la muerte. Por eso es tan difícil la renovación de los partidos.
El PSOE la ha hecho.
El PSOE ha cambiado la cubierta. Por debajo, en las regiones, en las provincias, en los pueblos, siguen los mismos, aferrados a sus sillones, con el cuchillo entre los dientes, dispuestos a lo que sea preciso para mantenerse en sus plazas: porque se juegan el pan de sus hijos. Gómez es uno: solo lo calmarán si le dan una canonjía. Y a sus partidarios, lo mismo.
Entre ellos, Valcarce. Que Dios me perdone, pero, aunque nuestro amigo Martínez Carrión la defienda, me parece que se le está poniendo la misma cara de lela que a la Sáez aquella...
Don Juan me mira con severidad. Él no tolera insultos y menos si rozan el machismo.
No quería ofender, don Juan —digo en retirada—; pero, ya que estamos en el cenagal de gürteles y púnicas, algún juez podría desempolvar el Tamayazo...
Ya hablaremos de los jueces. Por hoy basta decir que los jueces aprenden desde pequeñitos —es decir, desde que otro juez los prepara para aprobar la oposición— a quién pueden incomodar y a quién no. En ese avispero nadie meterá la mano.
Sobre los tejados del Corregidor se ven las torres de San Bartolomé todavía enrojecidas por el último resplandor del ocaso. Don Juan se acuerda de la náusea del borracho ahíto de vino malo y de las heces turbias que cantó don Antonio; de aquella España de charanga y pandereta que creíamos enterrada y que vive feliz entre nosotros.
El que lleva muerto cien años es Giner de los Ríos; su sueño de un nuevo florecer de España ¿dónde está?

jueves, 19 de febrero de 2015

Lecturas de don Juan: 'En pos del Milenio'

En pos del Milenio.
Cohn, Norman
Alianza Editorial
Madrid, 1981

Hace unas semanas, en el blog de Muñoz Molina, don Juan se enteró de que la editorial riojana Pepitas de Calabaza había reeditado En pos del Milenio, que llevaba descatalogado sepa Dios cuánto. Don Juan leyó este libro en los primeros años ochenta, en la edición de Alianza —la de la foto: vieja y amarilla ya— cuando estaba escribiendo un artículo sobre mística medieval, y no había vuelto a él.
Ahora ha rebuscado en su biblioteca, lo ha rescatado de entre un ejército de amores olvidados (así son muchos libros; otros no: son amores eternos), y lo está leyendo de nuevo.
En primer lugar cae en la cuenta de lo mucho que aprendió en él. Cosas que da por seguras y firmes, como si llevaran establecidas cientos de años, no las habían sabido ni él ni nadie de esta forma tan contundente hasta que Cohn publicó su libro. Es decir, el libro de Cohn es un libro fundamental y definitivo porque ha iluminado para siempre un aspecto importantísimo de la Edad Media —el sectarismo milenarista, y sus noticias e ideas han pasado al acervo cultural común de todas las personas instruidas del mundo.
En segundo lugar constata una vez más que los seres humanos son, en lo esencial, absolutamente idénticos desde su origen hasta nuestros días. ¿O no hay todavía muchísima gente que, incluso sin darse cuenta, está esperando una salvación "colectiva, terrenal, inminente, total y milagrosa"?
En tercer lugar deplora que tantos lectores perezosos se atraquen de novelas "históricas" sobre cátaros y otros "misterios" medievales, y salgan de esas lecturas confusos y aturdidos, en lugar de alimentarse de libros como este.
Y, por último (y de esto no se acordaba), lamenta la traducción. Se nota que el libro, en su idioma original, está bien escrito; pero la traducción al nuestro se hace muy incómoda de leer: tiene faltas de ortografía (protejer), numerosas erratas, conjugaciones arbitrarias (desollan), errores monumentales (el más grave, confundir constantemente a Carlomagno con Carlomán)... Y parece ignorar que, en castellano, el Libro de la Revelación se llama Apocalipsis, Regensburg es Ratisbona, Mainz es Maguncia, Aachen es Aquisgrán, Gasconia es Gascuña... Don Juan confía en que la nueva traducción de Julio Monteverde para Pepitas de Calabaza corrija todas las meteduras de pata que tenía la de Ramón Alaix para Alianza.
Así que, si a ustedes les sobran veintiocho euros, no duden en gastárselos en este libro, que ya está en todas las buenas librerías. Don Juan, desde luego, lo comprará y regalará el ejemplar que tiene a alguien que lo precise.

domingo, 15 de febrero de 2015

Cajón de sastre

UNO: Congreso
Don Juan no ha venido este fin de semana. Está en Dinamarca, en Odense, asistiendo a un congreso sobre la pervivencia de los clásicos romanos en la Edad Media. Don Juan lleva jubilado de la universidad cinco o seis años, pero continúa lo que él llama "actividad académica residual", es decir, redacta papers para revistas especializadas, dicta conferencias, acude a congresos... En este de Odense, que es un homenaje a su amigo Birger Munk Olsen, don Juan presenta una breve comunicación comparando el léxico genital de Catulo con el de Antonio Becadelli. He leído el abstract: no he entendido nada. Sin embargo, me ha alegrado encontrar una nota a pie de página en la que menciona la traducción que de Catulo hizo González Iglesias, porque en varias ocasiones don Juan le ha puesto peros, y a mí me resulta estupenda.
(Aunque mitigados, también se cuelan en el templo del saber los ruidos del mundo. De nuevo, ruido de balas. Don Juan piensa que matar a alguien muy pocas veces estará justificado, pero que matar por la fe es peor que el peor de los crímenes: el colmo de la estupidez).

DOS: Críalos
No sé yo en otras partes, pero aquí en Almagro quienes decretan el final del invierno son los críalos. Al no estar don Juan, he dado un largo paseo hasta las Duronas. Todavía no han florecido los almendros del Carmen; sin embargo, poco después de cruzar la autovía, desierta a estas horas como las de Corea del Norte, y dejando a la izquierda el cerro de Mingabril —¡Si don Juan supiera árabe, cuánto partido podría sacarle a este orónimo!—, empieza el alboroto insistente de los críalos: el invierno está derrotado. El críalo, Clamator glandarius, es especie bullanguera y gárrula —de ahí lo de clamator; pero, por lo que yo sé, no come bellotas: luego sobraría lo de glandarius—; pasa lo más crudo del invierno en África y vuelve cuando volvían las cigüeñas. Ahora mismo, haciendo honor a su nombre, los críalos claman desaforadamente; y vuelan de mata en mata; y acometen a las urracas que los acogerán en sus nidos; y se enredan en torbellinos vertiginosos, obstinados, interminables... Bajo una encina maternal y atávica, mirando el valle del Pellejero, en el horizonte las cumbres venerables de la Yezosa, del Cerro Gordo, de Cuevas Negras, y tendida a mis pies Valenzuela, me quedo un buen rato oyendo la garrulería loca de los críalos, a quienes les acucia vehemente la pulsión del amor, es decir, de la primavera: benditos sean.

TRES: Sugerencias a don Juan
Un comentarista del blog le pregunta a don Juan por sus lecturas. Otro, que se ha dado cuenta de la presencia (obvia o no tanto) de versos diseminados en mi resumen de las enseñanzas de don Juan, le pide que suba aquí cada semana un poema breve de los que más le gusten. Don Juan me dice que él ya está viejo para echar sobre sus hombros esta clase de obligaciones; que lo pensará y, si acaso, me dirá a mí lo que está leyendo o me indicará algún poema para que yo lo copie.
Hágalo así, don Juan. Yo, si usted me da instrucciones precisas, cumpliré con mucho gusto —le digo egoístamente, pensando que de esta forma no me tendré que desojar para ver el título o el autor de los libros que saca del bolsillo.
Pero titubea. Contarle a alguien lo que uno lee, así, sistemáticamente, como se le cuentan al médico los síntomas de una enfermedad, no acaba de gustarle. Yo insisto y, por una vez, accede. De modo que, a partir de ahora, todos los jueves al amanecer —madrugo mucho— daré noticia en el blog de las lecturas de don Juan; no serán reseñas, porque don Juan no tiene ganas de hacerlas, sino apuntes breves en los que dirá por qué es aconsejable leer tal o cual libro y cuáles son sus características más destacadas. Y, de vez en cuando, también copiaré aquí alguno de los poemas que me lea.
¿Qué opinan ustedes, generosos lectores?

domingo, 8 de febrero de 2015

Cigüeñas

Don Juan está ligeramente disgustado conmigo. Dice que en la transcripción de la charla del domingo hice lo que suelen hacer los periodistas de ahora: dejarme arrastrar atolondradamente por el caballo desbocado de la actualidad; que hablamos de otras muchas cosas que seguirán vivas siglos después de que la piedra de Podemos lanzada a la charca de la política española haya dejado de hacer ondas; que, aunque en esta sociedad de tanta información y tan poco conocimiento cualquier cosa puede alcanzar notoriedad desmesurada, él se atiene a la observación despaciosa y algo escéptica de lo que permanecerá, no de lo que brilla un instante... y que los viejos tienen ya solo tres preocupaciones políticas: vivir en paz, seguir gozando de la libertad que no gozaron en la juventud y cobrar la pensión puntualmente todos los meses.
Yo sé que lo primero es cierto —es decir, que don Juan no está preso de la actualidad informativa— y que lo segundo, solo a medias: él tiene otras preocupaciones políticas mucho menos mezquinas.
No son mezquinas, querido amigo. Quizá los jóvenes vean a estas alturas la paz y la libertad tan naturales e irrelevantes como el aire que respiran trece veces por minuto sin darse cuenta, pero los viejos sabemos que no son naturales ni regaladas ni irrelevantes. En la historia de España —de Europa, del mundo— lo normal ha sido siempre la guerra y la esclavitud; nosotros somos la primera generación de españoles que hemos vivido toda la vida en paz, y toda la vida adulta en libertad o anhelándola, de modo que el poco tiempo que nos quede no nos gustaría retroceder a la barbarie ni a la opresión.
Claro, claro... —digo un poco condescendiente, como hacemos siempre que los abuelos empiezan con estos sermones.
Pero él no se da por aludido. Prosigue serio, un poco solemne:
Y si nosotros tenemos paz y libertad las tendrá la sociedad entera, aunque sea para que algunos insensatos puedan burlarse de ellas. En cuanto a la pensiónmírela usted como señal de eso que hemos llamado el Estado del Bienestar, el que crearon en Europa Occidental los socialistas y los democratacristianos después de la Segunda Guerra Mundial, tal vez para que los ciudadanos no se dejaran seducir por el oso soviético. No hay nada igual en el mundo: pensiones, sí; pero también sanidad y educación universales y gratuitas; y servicios sociales bien organizados y generosos; y seguro de desempleo, y condiciones de trabajo dignas... y tantas cosas que no ha habido nunca antes en ningún sitio y que ahora tampoco hay casi en ningún sitio. Ojo: y que aquí muchos quieren eliminar.
Bueno, don Juan: ¿y qué tiene que ver todo esto con la conversación del otro día?
Me mira incrédulo, como se mira al que no entiende lo obvio.
Pues que ahora que esta casa levantada en la Transición, tan acogedora durante treinta y tantos años, parece que se hunde, sería conveniente no dejarse llevar por impulsos alocados, pensar seriamente en lo que se puede perder, defender con uñas y dientes lo que se ha conquistado y que los ladrones nos quieren quitar —nos están quitando ya—, y tratar de hacerlo mediante el diálogo sensato de personas inteligentes, no mediante la confrontación de cínicos y brutos que embisten cuando se dignan usar de la cabeza.
El mensaje es un poco críptico, casi oracular. Le pregunto:
Y eso ¿cómo se hace?
Tomando ejemplo de las cigüeñas. Les tiraron la casa; ya están haciendo otra: con decidida perseverancia y sin perder el tiempo en tonterías.
Y en la tarde invernal, de cielo limpio y azul, vamos a ver la nueva casa de las cigüeñas en la fábrica de harinas de la plazuela de Cervantes: las echaron de la iglesia y se han acogido a la industria —en desuso, es cierto—: eso han salido ganando.
Después, para entonar el cuerpo, tomamos coñac y whisky en el Parador.

domingo, 1 de febrero de 2015

Grammatici certant (Mirando desde lejos a Podemos)

Don Juan habla mucho de política, pero nada de politiquerías. Quiero decir que si trata de política internacional nombra más a Mackinder que a Kerry; si de política nacional, más a Azaña o a Pradera que a Rajoy. Yo llevo tiempo intentando que me diga algo de Podemos, esa supernova; hasta ahora ha rehusado, escabulléndose con cualquier pretexto.
Esta tarde, igual que todas, se quita el abrigo con solemnidad, lo deja cuidadosamente doblado en el respaldo de la silla como si fuéramos a ser tres en la conversación, y mientras pido los cafés saca del bolsillo de la chaqueta un libro bastante grueso, de portada colorida, muy linda. Lo deja boca arriba en la mesa: la Poesía completa de José Manuel Arango que publicó la Universidad de Antioquia en 2003.
Yo también tengo el libro, pero en Sibila. Este cuesta un pastón.
Don Juan frunce un poquito los labios y me mira con reproche: a él no le gustan nada las vulgaridades, ni las léxicas ni ningunas; tampoco cree que echar dinero en libros sea despilfarro.
En silencio, lo abre por la página 166; lee este poema:

GRAMMATICI CERTANT
El nosotros
lo saben los gramáticos
es un curioso pronombre
Quiere decir tú y yo
sin él
y también él y yo
sin ti
y también él y yo
contigo y contra el resto
En todo caso excluye siempre a alguien
De esta parte nosotros
de la otra los otros que nosotros

Muy bien, don Juan —digo con sincera admiración—. ¿Hoy hablaremos de poesía?
No; hablaremos de gramática. Los seres humanos no tenemos ya otra manera de entender el mundo y de expresarlo que el lenguaje. Ninguna palabra, ninguna frase, es trivial, aunque el que la dice no lo sepa.
Claro. Pero la gramática, con sus tecnicismos, sus sutilezas, su incansable sobeteo de la lengua, me parece un entretenimiento de ociosos; aburre.
Otra vez me mira con desaprobación: ahora querría fulminarme. Como es educado y está hecho a lidiar malos alumnos, prosigue en tono amable y persuasivo:
La gramática explica muchas cosas. Fíjese en el partido de moda. Para nombrarse han descartado lo descriptivo —Partido Anticapitalista Revolucionario Bolivariano (PARBO), por decir algo—; en cambio, han optado por la primera persona del plural del presente de indicativo del verbo poder. ¿Cree usted que es inocente?
No lo había pensado. Será un anglicismo, una copia de Obama...
La primera persona del plural, como dice el poema, divide el mundo en dos partes mutuamente excluyentes: ellos y nosotros (si nos ensanchamos, ellos menguan; si nos comprimimos, ellos crecen; si nos deslizamos a la derecha, ellos ocupan nuestra izquierda....). Y no hay que decir, por supuesto, que ellos son los malos y nosotros los buenos, sin dudas, sin matices, sin regateos, sin compasión.
¿Y quiénes somos nosotros, don Juan?
No sé quiénes somos nosotros; sé quién soy yo, que no es poco. En cambio, los de Podemos sí lo saben. El nosotros de Podemos empezaron siendo los parias, los marginales, los desahuciados, los “perroflautas”, los bizarros comunistas del partido que fundó Líster... Ahora ya no: el nosotros actual son exquisitos cuarentones siempre en desacuerdo con la realidad pero muy bien acomodados en ella, angelicales criaturas cuyas cándidas túnicas nunca se mancharán de tizne y cuyos delicados pies nunca pisarán el barro de este mundo. Pero siguen siendo nosotros, los buenos; lo que han perdido por la izquierda ha pasado a formar parte de ellos, los malos.
La tripa de Jorge, entonces.
Ahora don Juan no se puede contener:
Elevada metáfora, querido amigo —dice con retintín—. Pero útil al fin y al cabo: el núcleo duro, como dicen ahora, el nosotros verdadero de Podemos, está formado por buenos tácticos: ellos lo abren, lo cierran o lo mudan según convenga.
Me va interesando la gramática.
Pues dejemos la morfología y vayamos a la sintaxis. Poder es un verbo auxiliar para formar perífrasis con otro verbo, el principal, que va en infinitivo: Podemos dormir, podemos saltar esta tapia, podemos comer macarrones... Pues bien, los de Podemos no nos han dicho nunca seriamente cuál es su verbo principal, es decir, qué podemos: ¿Hacer la revolución? ¿Destruir el capitalismo? ¿No pagar la deuda? ¿Asaltar los cielos? ¿Llorar Orinocos? ¿Salir del euro? ¿Ser como Venezuela? ¿Ser como Dinamarca? ¿O quitar a ellos y ponernos nosotros?
O sea, no nos han dicho cuál es su ideología ni cuál es su programa. ¿Es así?
Eso es: de izquierda radical antisistema han reculado a meliflua socialdemocracia con toques regeneracionistas. ¿Dónde pararán?
Donde les aconseje la táctica.
O la hipocresía.
¿Todo es malo en ellos, don Juan?
No. Sin lugar a dudas, el sistema político español que nació en la Transición ha hecho crisis: necesita reforma o refundación, la vieja política —es decir, los viejos políticos, las viejas formas de hacer política— ya no sirve, urge el cambio. Y Podemos ha detectado estupendamente esta necesidad y este sentir ciudadano, mientras que los viejos partidos, amodorrados y torpes, ciegos, no se han enterado. Pero una cosa es que necesitemos un cambio, y otra que necesitemos cualquier cambio: a mí el que vocea Podemos no me seduce en absoluto.
¿Por qué, don Juan?
Ya le he dicho las razones gramaticales, pero tengo otras. No me gustan sus formas: esa petulancia juvenil que no hace prisioneros y desprecia los hechos si no se amoldan a sus prejuicios.
No lo entiendo, don Juan.
Digo que no hacen prisioneros porque van a engullir, por ejemplo, a Izquierda Unida sin ningún respeto por su trayectoria ni por sus militantes, e incluso contando descaradamente con submarinos. Y desprecian los hechos porque nos quieren explicar la historia reciente de España —¡A nosotros, que la hemos vivido!— de una manera no ya falsa sino tan descabellada que solo se la puedan creer los pánfilos que comulgan con ruedas de molino o los fanáticos rematadamente estúpidos.
También se quieren comer al PSOE.
Les va a costar algo más, pero lo iremos viendo. Tampoco me gustan sus dirigentes. No me refiero a los nacionales —el taimado Iglesias, el siniestro Errejón, el turbio Monedero...—, conspicuos miembros de la casta universitaria, que conocen bien todas sus triquiñuelas y, por eso, no proponen ningún cambio educativo: cualquiera les perjudicaría. Me refiero a los de por aquí cerca; de los que yo conozco hay varios con pasado, y no muy pulcro, en el mismo Almagro o en Valdepeñas.
Pero en Almagro han elegido bien, don Juan.
No puedo negarlo. Elena Arenas es inteligente, trabajadora, culta, de buen trato, nada sectaria...
Y doctora.
Sí. En el comunicado donde dan cuenta de su elección lo recalcan varias veces.
Para que nadie piense que anda por ahí montada en el monociclo haciendo malabares.
Desde luego, tiene el mejor currículo académico de todos los posibles candidatos a la alcaldía de Almagro.
¿La conoce usted?
Apenas; pero he leído sus publicaciones. De mayor nivel que las de Errejón o Iglesias, que también las he leído.
¿No hay cosas mejores que hacer?
A los jubilados nos sobra el tiempo.
Don Juan hace una pausa. Estas pausas siempre anuncian algo importante.
Elena Arenas tiene, sin embargo, un defecto. Creo yo.
¿Cuál? —pregunto expectante.
Algunas veces se equivoca de objetivos —otra pausa interminable—: se para en cosas o en personas que no están a su altura. Por ejemplo, en Pedro Estala: le ha dedicado mucho tiempo, mucho trabajo y enorme talento a un personaje de quinta o sexta fila. ¡Si hubiera seguido con Borges! Aquí le pasa lo mismo: dirigir Podemos en Almagro está muy por debajo de sus posibilidades. Se cansará.
La conversación ha sido larga. El café y las copas se acabaron hace tiempo. Hay que despejar la cabeza. Salimos y, pese a la tarde de perros, damos un paseo hasta San Pedro a ver la procesión de la Candelaria.