domingo, 18 de enero de 2015

Charlie

—Europa está vieja y cansada.
Vamos andando por la calle Dominicas hacia la ermita de San Juan para ver la fiesta de San Antón. Don Juan parece triste en esta tarde fría y desapacible del sábado. No se lo digo, pero quizá él mismo esté también viejo y cansado. Al entrar en la calle del Convento prosigue:
—Y, como todos los viejos, no entiende bien lo que pasa, le asustan los cambios y las novedades, y reacciona ante ellos equivocadamente, con aspavientos innecesarios que denotan su temor. Europa se extingue.
—¿Qué quiere usted decir, don Juan?
—Que unas pocas muertes violentas nos han aterrorizado a todos los europeos, y que nuestros dirigentes, asustados y aturdidos como viejos, no saben qué hacer ni qué decir. Lo único que se les ocurre es quitar libertades. ¡Como si no supiéramos por experiencias recientes que menos libertades no traen más seguridad! Europa ha dado muchas cosas buenas al mundo, pero la mejor de todas ellas es la libertad, el reconocimiento de los derechos individuales, es decir, la invención de la ciudadanía. En otros sitios los derechos son de la familia, de la tribu, del pueblo, de la secta; en Europa no: los derechos y la dignidad corresponden a cada uno de los ciudadanos.
Tímidamente, me atrevo a sugerir que muchos ciudadanos renunciarían gustosos a alguna de sus libertades si les aseguran que con eso ganan seguridad.
—¿Y qué? —dice don Juan—. Los ciudadanos no siempre saben lo que les conviene. Franklin lo dijo muy claro: "Quien renuncia a la libertad por la seguridad no merece ni la una ni la otra". Los ciudadanos histéricos y viejos de esta Europa vieja son fácilmente influibles. Cualquier campaña bien montada puede hacerles creer cualquier cosa. Por eso hace falta buena información, buena educación cívica, y clara conciencia de los propios derechos. Los derechos son un castillo de naipes, complejo y frágil, que se ha ido construyendo trabajosamente a lo largo de los siglos: si se quita uno solo, el edificio se hunde entero.
Una vez más yo creo que don Juan exagera; una vez más me lo callo.
—La convivencia de ciudadanos libres e iguales en derechos es conflictiva, mucho más conflictiva que la de ovejas en rebaño. Pero los seres humanos no somos ovejas. 
—Claro que no, don Juan. Sin embargo todos pertenecemos a algún rebaño, dentro del cual renunciamos a nuestros derechos: somos miembros de una familia, nos encuadramos en alguna religión, somos hinchas de un equipo de fútbol... Y en la familia cuenta el amor, no los derechos; en la religión, los jefes se llaman pastores y el conjunto de los feligreses forma una grey, o sea, un rebaño; y los hinchas del fútbol son...
—¿Una horda? Estoy de acuerdo. Pero esos grupos de convivencia que usted cita no forman parte de la ciudadanía. Son asunto privado, como las manías o los gustos. A efectos de convivencia ciudadana, que uno sea padre de familia, hincha del Real Madrid o mormón no tiene ninguna importancia. Que cada uno sea lo que le dé la gana; eso sí, sin salpicar. Y ese es el gran logro de Europa —es decir, de la civilización europea, que desde el siglo XV se desparramó por muchos otros lugares del mundo—: respetar que cada uno haga y sea lo que le parezca sin molestar al resto.
—Bien, pero convendrá usted conmigo, don Juan, en que eso es más fácil de decir que de hacer: algunos quieren que se les respete su derecho de no respetar los derechos de los demás. Y entonces...
—Entonces padece la convivencia. Y le he dicho que la convivencia de ciudadanos libres e iguales en derechos es conflictiva.
Hemos llegado a San Juan. El bullicio de la fiesta, bastante concurrida, dificulta la conversación. Don Juan sonríe: a él, que hace muy poca vida social, le gusta ver cómo se divierte la gente.
—Estos ciudadanos que ve usted, querido amigo, están ejerciendo su derecho al jolgorio.
—Bien lo veo, don Juan. Pero ¿y, si fueran musulmanes, les dejaríamos ejercerlo?
—Interesante cuestión. Mañana hablaremos de ella. Ahora vamos a divertirnos nosotros también. ¿Le apetece un vino?


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