domingo, 25 de enero de 2015

Charlie (y 2)

La mañana soleada invita a pasear. En unos minutos, rehuyendo las umbrías, donde a estas horas aún queda escarcha, estamos en la ermita de San Ildefonso, hombre de santa vida que asentó buena viña cerca de buen parral. Hay niños jugando, hay música, hay gente bebiendo botellines en la barra del bar, cálida y acogedora porque está orientada al sur y al abrigo de la iglesia. Recordando a Berceo, don Juan y yo bebemos vino.
—Más ciudadanos ejerciendo el derecho al jolgorio, don Juan. El otro día nos quedamos en qué pasaría si fueran musulmanes...
—Lo recuerdo bien. Mire usted, es posible que esta iglesia la construyeran alarifes moriscos. En el Campo de Calatrava se quedaron muchos, que eran buenos hortelanos o buenos albañiles, cobijados por sus vecinos, los cristianos viejos: ¿No ha leído usted a Dadson? ¿No ha leído a Cervantes? El encuentro de Ricote y Sancho es emocionante porque es verdadero: entre la gente sencilla, moros o cristianos, hubo en España buena convivencia.
—No sé adónde quiere llegar, don Juan. Yo también he leído a Cervantes en el Coloquio de los perros y no parece que la opinión que se tenía de los moriscos fuera muy buena.
—En El coloquio de los perros Cervantes refleja rutinariamente los tópicos ideológicos antimoriscos —idénticos a los de ahora, por cierto—; en el Quijote, la realidad de los hechos: los cristianos tenían prejuicios antimoriscos, y los moriscos prejuicios anticristianos; pero la convivencia, la amistad incluso, entre unos y otros era también una cosa común. Y quiero llegar a que, desde finales del siglo XV a principios del XVII, España perdió la oportunidad de ser una sociedad multirreligiosa; no digo multiétnica porque étnica y culturalmente los judíos, los moros y los cristianos estaban muy próximos. Que España se empobreció con ello hoy lo sabemos perfectamente. No me gustaría que en el siglo XXI se repitieran los errores del pasado.
—Pero la convivencia de los musulmanes y los cristianos era y es difícil, no me lo negará usted.
—No se lo niego. Sin embargo, no es más difícil que la que hay entre los pobres y los ricos: los pobres y los ricos tampoco se casan entre ellos, no comen las mismas cosas, no se visten igual, no tienen las mismas diversiones...
—No me tienda trampas, don Juan.
—No le tiendo trampas; constato hechos: todas las sociedades están fragmentadas en múltiples subgrupos, horizontales y verticales: de edad, de sexo, de religión, de riqueza, de aficiones, de lengua, de procedencia geográfica... A menudo surgen roces entre estos grupos, pero, en líneas generales, la convivencia es posible.
—Pues —insisto— muchos filósofos e intelectuales encopetados dicen que la convivencia de musulmanes y cristianos es ontológicamente imposible.
—Se equivocan; pero, si les hacemos caso, acertarán como acertaron los que decían lo mismo en el siglo XVI. Y se equivocan porque no entienden el concepto de ciudadanía. Si Europa ha conseguido que cosas como la religión o las aficiones sean un asunto privado, que haya ciudadanos cristianos o musulmanes no tiene ninguna importancia, siempre que se respeten las normas generales de convivencia, las que están en las leyes.
—Pero los musulmanes viven en guetos y muchos de ellos quieren imponer a la fuerza su religión y se hacen terroristas.
—Viven en guetos porque son pobres; los cristianos pobres también viven en guetos. Los que quieren extender la religión a la fuerza son una minoría muy pequeña; y los terroristas, unas cuantos cientos. A estos, a los que se saltan las normas de convivencia y a los que llegan al terrorismo, hay que perseguirlos policialmente con toda dureza, sin recortar las libertades de nadie y sin demonizar a la buena gente, que es siempre la inmensa mayoría. España tiene en eso experiencia y la podríamos exportar.
A mí me parece, por lo que leo estos días, que don Juan peca de ingenuo. Como si me adivinara el pensamiento, dice:
—Y no piense que desconozco las dificultades, pero en estos tiempos hace falta insistir constantemente en los principios elementales del radicalismo democrático: que todos los ciudadanos son libres e iguales en dignidad y en derechos; que todos tienen derecho a ser y a hacer lo que les dé la gana; que el único límite al ejercicio de los propios derechos es el derecho de los demás; que no es obligatorio amar al prójimo, pero sí es obligatorio respetarlo; que las ideas o las religiones no tienen derechos y no es obligatorio respetarlas en absoluto, y etcétera y etcétera: verdades del barquero que están en serio peligro y que no hay que cansarse de repetir. De paso, también es conveniente procurar que los pobres dejen de serlo, no porque de la pobreza nazca el radicalismo o el terrorismo, lo cual es absolutamente falso, sino porque los pobres son ciudadanos; y, antes que ciudadanos, personas.
Don Juan apura el vino que le quedaba en el vaso. Son casi las tres; van a empezar las migas; las migas hacen la digestión pesada, y don Juan es ya un anciano: optamos por retirarnos. Ya habrá tiempo de seguir con estas cosas.
Vuelvo a mi casa melancólico: me gustaría que don Juan tuviera razón; temo que se la han de quitar.